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Juega López Obrador con promesas fundamentales de su campaña: Por Jesús López Segura / La versión no Oficial

No le importa, dice, que lo critiquen, incluso sus seguidores más fieles

 

“No me importa”, responde López Obrador a Ciro Gómez cuando éste le insiste en que un nutrido número de organismos defensores de Derechos Humanos y muchos particulares -que han sido compañeros de lucha de él mismo- le solicitan encarecidamente en un desplegado de prensa que cambie su iniciativa militarista, a fin de crear una Guardia Nacional de carácter civil, de modo que se pueda devolver paulatinamente a los militares a sus cuarteles, como prometió en campaña.

Y no le importa porque, asegura, las policías están tan echadas a perder y la situación de violencia, impunidad y corrupción en el país es de tal envergadura, que no le queda otro remedio que recurrir a las fuerzas armadas

Otro podríamos decir “polémico” -aunque la palabra correcta sería desastroso- argumento que López Obrador anda esgrimiendo públicamente -a pocos días de su toma del poder-, es el relativo al perdón que piensa ofrendar a todos los corruptos que saquearon, asesinaron y crearon el caos en el que ahora vivimos -o más bien morimos- los mexicanos.

Dijo textualmente En Tercer Grado que si fuera honesto -como asegura lo es- tendría que empezar con los de arriba, pero que si eso hace, entonces generaría -por el grado terrible de corrupción imperante en el país- “un pantano de confrontación” que le impediría alcanzar su objetivo de pacificar al país con el concurso de todos.

Sin embargo, esta postura calificada como “voluntarista” por Carmen Aristegui -en entrevista esta misma mañana con el Presidente electo-, encuentra una actitud más flexible y dispuesta a escuchar, pues al final incluso admite López Obrador lo que se había negado rotundamente a conceder en entrevistas previas con Tercer Grado y Ciro Gómez Leyva, es decir, la posibilidad de someter a consulta popular que se investigue a los ex presidentes de México desde Salinas para adelante.

Las críticas ante los desplantes de alguien que parece proyectarse a sí mismo como un todopoderoso perdonavidas, independientemente de la indudable bondad de sus intenciones, provienen de prácticamente todos los rincones del espectro político. Hasta la priista Claudia Ruiz Massieu lo reta a que cumpla la ley -como es su deber- y se deje de andar exculpando a nadie porque no es ésa la atribución que la ley le concede.

Héctor Aguilar Camín es contundente en su comentario en la mesa de análisis con Carlos Puig en Milenio TV. Morena se ha quejado siempre de los fraudes electorales -dice Aguilar Camín-, pero ahora está a punto de cometer un grave fraude poselectoral, pues en campaña Andrés Manuel López Obrador prometió dos cosas fundamentales y por ello obtuvo el voto mayoritario de la gente: prometió que devolvería a los soldados a sus cuarteles y que daría un combate frontal a la corrupción, como uno de los principales objetivos no sólo de elemental justicia, sino hasta económicos de su gobierno. Ambas promesas de campaña están siendo abandonadas en la práctica de gobierno y ello constituye un claro caso de fraude poselectoral, porque obviamente se engañó al electorado, haciendo justamente lo contrario de lo que se ofreció, sentencia el intelectual.

Quienes nos preguntamos con absoluta buena fe -al margen de las críticas malintencionadas de los Ciros Gómez y todos los voceros desesperados del neoliberalismo salvaje- ¿cómo es posible que López Obrador esté desbarrando tan feo en algo que resulta de elemental comprensión para cualquiera, hasta para los que lo siguen como si fuese un Dios?, podríamos considerar que la respuesta radica en el autoconvencimiento del presidente electo de que no hay riesgo en la militarización porque él mismo será el comandante supremo de las fuerzas armadas y nunca, jamás, daría la orden -como ha repetido hasta el cansancio- de que los militares repriman a la población.

En su fuero interno, el próximo presidente parece estar convencido de que no hay ningún peligro en traer a México los horrores del Golpe Militar de Estado -disfrazado de “estrategia de Gobierno en materia de Seguridad– que está a punto de perpetrar, porque cree que él evitaría esos horrores, simplemente por ser el jefe máximo de la fuerza militar.

Parece pensar don Andrés Manuel que un aparato militar formado para la guerra, en la que los Derechos Humanos pasan a segundo término, puede controlarse desde un mando orientado en sentido contrario a la formación de esos cuerpos militares, es decir, formado en una cultura absolutamente respetuosa de los Derechos Humanos como la que se requiere en el combate a la delincuencia.

El que López Obrador rectifique ante la insistencia de la gran periodista Carmen Aristegui, revela que el hombre está dispuesto a escuchar y cambiar su perspectiva -aunque el malintencionado Ciro Gómez le arranque un “no me importa la crítica”-, lo que obligaría a sus legisladores y asesores cercanos a insistir ante él y evitar convertirlo en un autócrata porque el gran respeto que le tienen por su extraordinaria trayectoria se traduzca en sumisión y acatamiento automático de su voluntad.

Lamentablemente parece que existe ya una conspiración contra Ricardo Monreal desde el partido que dirige la veleidosa Yeidckol Polevnsky para despojarlo del control digno e independiente que, a diferencia de Mario Delgado en la Cámara de Diputados, ejerce de manera muy congruente el zacatecano desde la Cámara Alta, como revela un definitivamente mal intencionado Carlos Loret de Mola en su columna de El Universal.

Ya veremos. Por lo pronto, los bandazos de López Obrador podrían estar revelando que su enorme capital político podría desgastarse más rápidamente que el de Vicente Fox en la “tra(ns)ición a la democracia”.

La cuarta transformación del país pone nerviosa a mucha gente y hasta podría plantearse otra hipótesis para explicar esos incomprensibles bandazos de quien representa una gran esperanza de verdadera transformación para nuestro querido México: quizá los empresarios y políticos militaristas lograron convencer a ciertos sectores del Ejército y la Marina a que presionaran al presidente electo para cederles el control de la Guardia Naciona.

P.D. Todo lo expuesto, en el supuesto de que la iniciativa de ley, que no he leído, realmente ponga a la Guardia Nacional bajo el control operativo de la Sedena, como el propio Alfonso Durazo ha declarado.

 

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