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Fue la policía la que entregó los linchados a turba en Puebla

Cobardemente, amenazaron con linchar también a familiar que acudió a auxiliarlos

 

Una verdadera tragedia. Una turba enfurecida a raíz de puros rumores, decidió quemar vivos a Alberto Flores, de 43 años, y su sobrino Ricardo Flores de apenas 22. Los acusaban de secuestrar niños, pero el delito nunca se cometió. Fueron los policías municipales quienes cedieron a los sospechosos, que ya estaban adentro de la comisaría.

Ricardo estudiaba derecho en Xalapa pero estaba de vacaciones unos días en Tianguistengo, una comunidad de Acatlán de Osorio en Puebla. Él y su tío tenían varios trabajos para ir sacando dinero. Uno, para mantener a su esposa y tres hijas; el otro para seguir estudiando.

La turba, hambrienta de hacer justicia por propia mano, se burlaba de ellos. Les robaron los celulares, las carteras. Les quemaron el vehículo, del que dependían varias familias, hasta que alguien gritó “¡quémenlos!”.

Por las calles de Acatlán y en los pueblos cercanos llamaron a la turba con sistemas de sonido. Convocaron a los pobladores a linchar a Ricardo y Alberto. Los acusaron de robachicos, de secuestradores de niños. Pero nada de eso era cierto.

José Guadalupe Flores vio a su hermano y a su tío tendidos en el suelo. Ricardo todavía respiraba: estaba vivo. Pero no había nada qué hacer. Incluso lo amenazaron de que le harían lo mismo si no se iba.

—Usted no sabe nada. Esto es para que nadie se pase de verga. Para que sepan que quien se pase, lo vamos a matar. Que esto es lo que les va a pasar –le dijo un hombre.

“Los policías me dijeron: ‘mejor vete, porque si no te van a hacer lo mismo’. Las personas me empezaron a jalar, a empujar. ‘¡Te vamos a quemar, te vamos a sacar las tripas!’, me dijeron” –contó José, hermano de Ricardo Flores, uno de los quemados vivos.

José buscó al Alcalde, increpó a los policías, pidió números de teléfono para llamar a alguna autoridad. Nadie le tendió la mano.

Petra, la abuela a quien llamaban mamá de cariño, fue alertada por José de que las cosas se estaban poniendo fuertes y que los iban a linchar. Entonces, salió corriendo de la casa. Tomó una combi y llegó a la plaza pública. Lo primero que vio fue la camioneta en llamas. Cuando llegó a las afueras de la comisaría encontró los cuerpos ardiendo. Se puso a llorar.

Todo empezó por un rumor. Los dos desdichados estaban estacionados afuera de una escuela, bebiendo. Una de las vecinas llamó a la policía y dijo que dos sospechosos estaban ahí parados. Que no los conocía y que temía que fueran robachicos. Con eso fue suficiente. Eso encendió la mecha y terminó con las vidas de Ricardo y Alberto, quemados en la plaza del municipio sin que alguna autoridad intentara siquiera meter las manos. De hecho, fueron los policías quienes los entregaron a la turba.

El Alcalde no fue visto entonces y tampoco en las horas posteriores. Sigue desaparecido. Guillermo Martínez Rodríguez no da la cara. Ayer fue culpado por la Secretaría de Seguridad Pública de Puebla del incidente. Ni él ni sus policías dieron aviso de la trifulca. Tampoco frenaron a la turba.

Hoy, luego de recibir los féretros, Jazmín esposa de Alberto Flores, pidió entre lágrimas dos cosas: que limpien el nombre de su esposo y de su sobrino porque “ellos no son secuestradores de niños”. Y que se haga justicia.

Con información de Sin Embargo.

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