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¿Se perfila AMLO como un presidente “predicador”?: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Andrés Manuel López Obrador Destacadas Editorial 

¿Se perfila AMLO como un presidente “predicador”?: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Gran discurso trimestral que, sin embargo, suena para algunos a “pejepardismo”

Cien días es un tiempo insuficiente para esperar resultados, por ejemplo, en materia de seguridad. Sobre todo, cuando los retos heredados son de tal magnitud que se antojan insuperables. Así es que, en esa materia, que mantiene un crecimiento vertiginoso en los índices más terribles de la vasta criminalidad asentada en nuestro país, tendremos que esperar a los buenos augurios que el Presidente de México fórmula para cuando esté en pleno funcionamiento la militarizada “Guardia Nacional“, recién aprobada.

Pero cien días sí es un tiempo más que suficiente para perfilar lo que será el estilo de un gobernante. Especialmente si este nuevo mandatario exhibe un saludable hábito de hiperactividad declarativa que ha venido a enterrar el hermetismo tradicional de la mafia del poder en México. Su apego a la simulación, la mentira y la Omertá.

Pocas veces me emociona el discurso de un político, pero el informe trimestral de López Obrador transmitido hoy me pareció grandioso. Promisorio. “Maravilloso” decía, también emocionada, doña Olga Sánchez Cordero que se perfila sin temor a exagerar, como la mejor y más decente titular de Gobernación de todos los tiempos.

Sus expresiones cotidianas revelan a don Andrés Manuel López Obrador, sin embargo, como una suerte de predicador, dicho esto con todo respeto. Como una especie de evangelista de la política. Los predicadores envían sus mensajes de corte entre moralizante y religioso, con la esperanza de que la gente que los escucha, muchas veces con devoción, cambie. Que los ladrones dejen de robar. Los asesinos de matar. Los pueblos renuncien a protestar contra sus gobernadores y acaten “el mensaje de paz y amor que debe prevalecer entre los hombres de buena voluntad”.

López Obrador se ha dedicado estos tres meses a acusar con un dedo flamígero contundente que, sin embargo, no se traduce en las consecuencias penales que todos esperaríamos, quizá en espera del marco jurídico pleno que le permita, lejos de predicar, actuar. Y aquí le sigo dando el beneficio de la duda. Quizá aguardando a que la presión social lo impulse a cumplir la promesa de realizar, por ejemplo, una consulta popular el próximo 21 de marzo, aniversario del natalicio de Benito Juárez, que lo induzca a olvidarse de su ofrecimiento de no juzgar ni castigar a los ex presidentes para “no empantanarse en luchas legales que obstruyeran la reconstrucción nacional -la “cuarta transformación” que se propone, habida cuenta de que él “no es rencoroso ni vengativo”.

“Hay que dejar a un lado los rencores, nada de odios. Tenemos que reconciliarnos”, decía López Obrador en su prédica de apenas este fin de semana ante el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, quien ha sido particularmente crítico de su gestión, mientras las huestes de acarreados calentaban el mitin con porras para ambos personajes.

“¿Nos vamos a dar la paz sí o no? Claro que sí. Ya chole, ya que se vaya por un tubo, ya chole con la politiquería, la grilla, ya me tiene hasta el copete. ¿Que ganamos con eso?, nada. Ahora mismo va a subir Carlos Lomelí -superdelegado en Jalisco– y se va a dar un abrazo con Alfaro“, ordenó el sumo pontífice de la moralidad pública. Sobra decir que los interpelados obedecieron en la misma forma en que cada domingo en misa acatan las indicaciones del cura.

Con expresiones de este tipo es que se entiende su extraña alianza con el partido de corte evangelista “Encuentro Social”. Con el apapacho continuo, sistemático a los gobernadores que antes llamaba corruptos y ahora como presidente defiende de las protestas populares, regañando al pueblo que los repudia, es que se entiende el rechazo de organismos de la sociedad como El Frente Zapatista de Liberación Nacional.

Políticos corruptos abundan en todas partes del mundo. Lo que distingue a México es su grado casi absoluto de impunidad. Criminales de cuello blanco que han saqueado al país gozan muy tranquilos de sus gigantescas fortunas mal habidas. Y López Obrador parece más que dispuesto a mantener ese grado de impunidad con expresiones como la enunciada por “los contratos leoninos de la Comisión Federal de Electricidad“.

El presidente llamó a las empresas Carso, IEnova y TransCanada a la reflexión y a reconocer que es injusto que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) les tenga que estar pagando dinero, pese a tener siete gasoductos privados parados y que, de seguir vigentes en esas condiciones, costarían a México más de 20 mil millones de dólares, más o menos el dinero por el que clama Donald Trump para construir su famoso muro: “No es un asunto legal -arengaba López Obrador-, que nadie se espante, que nadie se inquiete, que nadie se ponga nervioso, se van a respetar los contratos, porque son compromisos que se firmaron en situaciones muy especiales”.

Un día después, refrendó: “Lo que hice ayer fue un llamado a que puede haber un entendimiento respetando los contratos. Yo no me voy a poner a pelear con las empresas, tienen muy buenos abogados, de primera, son de esos abogados que han sacado de la cárcel a gente que uno pensaría que no iban a poder salir”, expresó textualmente en la conferencia de prensa realizada en Palacio Nacional.

Y de la misma forma, el presidente predicador ha venido denunciando desde el púlpito de Palacio Nacional una serie de atracos gigantescos a la nación, empezando con el del huachicoleo oficial, perpetrado por los mismos trabajadores de PEMEX, con la inocultable complicidad de las máximas autoridades del país que, tan solo en 2018, costó al pueblo de México más de 60 mil millones de pesos, sin que caiga ningún pez gordo después de esa denuncia que ya lleva dos meses de haberse formulado públicamente. Ni un sólo encarcelado. Ni un solo centavo recuperado de esos 60 mil millones de pesos.

Es el borrón y cuenta nueva. El decreto de un punto final sobre el cual el pueblo no está de acuerdo. Julio Hernández López define estas incongruencias de la cuarta transformación con el término “pejepardismo“. Y nadie podría decir que el famoso Astillero sea un analista Fifí. Pejepardismo significaría una forma peculiar de don Andrés de arengar a la multitud con un discurso radical pero sólo para calmarla, para sedarla, para que todo siga igual, a la vieja usanza de los presidentes populistas del PRI, con discursos promisorios como los de Luis Echeverría que llegaron a seducir a tal grado a Carlos Fuentes que decretó en ese entonces que “era un deber histórico de los intelectuales respaldar el arriba y adelante de Echeverría, o como Miguel de la Madrid, el padre del neoliberalismo en México, hablando conmovedoramente de “la renovación moral de nuestra sociedad”.

León Krauze se pregunta en su columna “Epicentro” de El Universal ¿Y dónde está el progresista?, sólo para responderse: “Ni el más enfático seguidor del presidente podría argumentar que López Obrador y su partido gobiernan estrictamente desde el libreto progresista, en el que no tendría cabida la militarización, el desmantelamiento sistemático del andamiaje institucional de apoyo a grupos vulnerables, el retiro de sustento a la cultura, la academia y la investigación científica, la descalificación a rajatabla de la sociedad civil como dependiente de “la oligarquía” ni tampoco la incomprensible batalla contra la energía renovable”.

Hoy mismo, la revista Proceso plantea (en su nota más destacada, de Arturo Rodríguez García, titulada “El estilo López Obrador: Acusaciones que nunca llevan a nada”), que “las “mañaneras” son la tribuna ideal para que López Obrador despotrique y lance invectivas en su afán de convencer a su público de que está haciendo cosas, sobre todo en lo tocante al combate a la corrupción. Con poco espacio para aceptar críticas, ha hablado del huachicoleo que implicaría a altos funcionarios, del saqueo a Los Pinos, de los salarios de los ministros de la Corte, de malos manejos en el dinero de organizaciones de la sociedad civil… Pero hasta ahora el discurso no se ha traducido en acciones concretas que hayan llevado a nadie a enfrentar la justicia”.

Y no estoy citando a los críticos compulsivos del lopezobradorismo que arman la asonada mediática en su contra, desde la campaña, y que seguirán gozando de enormes recursos de Comunicación Social, como se ha anunciado (por mucho que se reduzca a la mitad las enormes fortunas dilapidadas en esos medios por el peñismo). Concesiones televisivas y radiofónicas creadoras de los hombres más ricos de México a partir su explotación comercial, otorgadas graciosamente y renovadas por 20 años por los secuaces de Peña Nieto antes de abandonar su nefasto poder.

Espero sinceramente que el fiscal general de la República, don Alejandro Gertz, no se deje intimidar por los abogados de la mafia. Que diputados y senadores de Morena superen las limitaciones conservadoras que personajes funestos como Eruviel Ávila le quieren imprimir a la despenalización del aborto -evitando a sus víctimas la cárcel, pero no la tumba por fiebre puerperal-. Y que burócratas de la cuarta transformación en la Secretaría de Bienestar, por ejemplo, abandonen su visión estalinista de las “5 razones por las que el pueblo no quieres BIENESTAR en México”.

Espero que su propia gente no vulgarice los ideales expresados por López Obrador en el gran discurso de hoy. Ello dependerá de ejercer nuestra capacidad crítica en todo momento y no limitarnos a venerar al líder como si fuera Dios.

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