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“Griterío” en contra del prodigiosamente irreverente escritor Paco Ignacio Taibo II: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Cultura Destacadas Editorial 

“Griterío” en contra del prodigiosamente irreverente escritor Paco Ignacio Taibo II: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Pero en realidad la hipócrita asonada “fifí” va dirigida contra el Presidente electo

 

Si estuviera postulado como vocero de López Obrador, o como canciller, o como titular de Gobernación, yo sería el primero en decir que, con esa boquita, Paco Ignacio Taibo estaría definitivamente incapacitado para cumplir el encargo con la prudencia verbal, con el cuidado de las formas y los protocolos extremadamente sutiles y de aparente “buen gusto” que se requieren para afrontar semejantes delicados encargos. Me sumaría al griterío. Pero el gran escritor y polemista está perfilado para dirigir una casa editorial, donde urge liberar a los creadores literarios del yugo que ejerce “el santo oficio” de la propiedad (en su doble acepción) del lenguaje y su “ficcionario de la irreal academia de la lengua”, ¡carajo!

Los neoliberales apoderados de medios hegemónicos y sus patrones en fuga (por el pánico de ser llamados a cuentas) buscaron en los resquicios de una ley chauvinista y hasta xenófoba -promulgada quizá al calor de un rechazo de editores mexicanos envidiosos al papel trascendente que han tenido los editores españoles y argentinos, principalísimamente, en el desarrollo del libro en nuestro país-, un motivo más para hacérsela de pedo al nuevo Gobierno. Para descalificarlo como “chairo” y exhibirlo ante los relamidos fifís que lo desprecian como “vulgar, corriente y naco”.

Los mismos prejuicios contra el uso público del lenguaje majaderamente “coloquial”, se exponen para modificar un ley absurda, con el argumento de que no puede hacerse como traje a la medida para alguien en particular, y es cierto para algunos casos en los que se ha pretendido habilitar a incompetentes para un puesto, pero en el que nos ocupa se trata de una patraña: Casi todas las leyes se modifican no porque lleven dedicatoria, sino porque su actualización se impone precisamente porque afectaba intereses particulares le-gí-ti-mos no contemplados en su redacción original.

Hacerla de pedo” es una expresión que, si mal no recuerdo, nunca me había atrevido a usar en alguna de mis columnas porque simplemente no creo tener la autoridad editorial para darme a mí mismo esas libertades. Aprendí, junto con casi todo el resto de las víctimas de un sistema educativo nacional rígido, enciclopédico y autoritario, que en este sufrido, moribundo país, todo el mundo está obligado -so pena de ser arrojado al ostracismo- a aprender a expresarse en dos formas no sólo distintas, sino antagónicas: el estilo acartonado que se usa en público para fingir una impecable pulcritud de pensamiento, y el mucho más libre, lleno de metáforas (la mayoría de ellas asociadas al sexo) que los más afortunados somos capaces de usar en privado. Los fifís más constipados mentalmente no pueden proferir malas palabras ni siquiera en la intimidad.

Esta distinción me permite formular una hipótesis: los neoliberales fifís, podrían ser definidos como los que comulgan rabiosa, comprometidamente con la ideología que proclama un conjunto de dogmas, preceptos y hábitos políticos en los que se postula que es perfectamente moral y legítimo acumular en unas cuantas manos fortunas inmensas, a costa del sufrimiento de la mayoría. Su doctrina les permite justificar semejante injusticia basándose fundamentalmente en un mal entendido concepto del “mérito”.

En el fondo de esta doctrina descansa el concepto de que no todos somos iguales y, por consiguiente, hay algunos que, ya sea por sus estudios y capacidades naturales, o por herencia familiar -y a veces hasta por color de la piel o de los ojos- deben gozar de privilegios extraordinarios.

Desde luego que estoy de acuerdo en que las capacidades y méritos intelectuales, así como la experiencia, deben ser tomados en cuenta para establecer diferencias salariales, pero el bien común impide que tales diferencias lleguen a los extremos del neoliberalismo salvaje, donde el uno por ciento de la población puede llegar a acumular la mitad de la riqueza mundial.

Los neoliberales salvajes, como muchos panistas, usan y abusan del concepto de “bien común”, pero observan con un desprecio inocultable a las mayorías depauperadas, víctimas de una mala educación o de plano sin educación alguna y condenan con un dejo de racismo las expresiones populares a las que consideran “incultas”, groseras y soeces.

Así está el pedo“, llegó a ser una de mis alternativas para nombrar mi modesta columna que ahora se llama “La Versión no Oficial“. No me atreví. El mundo en el que me ha tocado desarrollar mi trabajo de análisis de la prensa no ve con buenos ojos que alguien que no ostenta un premio Nobel de literatura se tome semejantes libertades.

La esperanza del cambio radica precisamente en la posibilidad de que lo que era censurable durante la dictadura neoliberal de 30 años que ha padecido México, se vuelva viable. De que lo imposible, se haga posible. De que los prejuicios sobre “el nerviosismo de los mercados” se hagan a un lado para dar paso a las medidas para disciplinarlos y someterlos al imperio de la única ley válida en una democracia verdadera: el bienestar de la mayoría.

Josefina Vázquez Mota fue cachada diciendo en una conversación privada “Pinche Sota” a la mujeruca que la grillaba y se hizo millonaria con empresas de consultoría financiadas desde su posición en el corrupto gobierno de Calderón, pero nunca sería capaz de usar ese lenguaje en público, porque como buena fifí, se reserva esas libertades para usarlas a espaldas de sus seguidores.

Emilio Gamboa Patrón, fue grabado y exhibido públicamente sometiendo su labor como senador a los caprichos de un deleznable personaje como Kamel Nacif, con expresiones como si tú no quieres, “Papá, esa chingadera no pasa en el Senado” y aun así fue perpetuado posteriormente en otros dos periodos como pastor del rebaño legislativo priista.

El director del INE, Lorenzo Córdova, es un impecable analista del marco teórico electoral y expresa con rigurosa elocuencia técnica todos los pormenores de esa encomienda con una pulcritud que contrasta con las evidentes porquerías que, en sus narices, se gestaron en la práctica de multitud de procesos electorales que son ejemplo de corrupción y cochineros escandalosos, pero arropados en una retórica impecable que contrasta también con el racismo con el que se expresó de los indígenas comparados con apaches y “el gran jefe toro sentado”, en una grabación que lo retrata como lo que es: un hombre en público totalmente distinto del que es en privado.

Un rasgo fundamental de la ideología neoliberal es su hipocresía.

El neoliberalismo sería impensable sin la perversión, en la práctica, del concepto de democracia por el de “democracia de mercado”. Ningún político neoliberal podría convocar al voto ciudadano si fuera sincero en sus objetivos: lograr una concentración de la riqueza nacional y mundial cada vez más acentuada, a costa de la depauperación cada vez más dramática, en consecuencia, de miles de millones de seres humanos.

La democracia de mercado consiste en construir productos electoreros de consumo masivo mediante la publicidad engañosa en medios controlados por el Estado. Así fue fabricado, con bombo y platillo, un producto, Enrique Peña Nieto, que entró entre fanfarrias de popularidad efímera y ficticia y termina despedido con frustración y desprecio inéditos. Ya no se diga la mala imitación de su primo, que pretende hacer creer a la gente que con el reparto de tarjetas rosas se devuelve la dignidad a las amas de casa del Estado de México y se combate el índice brutal de feminicidios en esta masacrada entidad. Los costos que pagará en el futuro Alfredo del Mazo por montar semejante farsa no son ni imaginados siquiera por sus irresponsables “asesores de imagen”.

El neoliberalismo salvaje se diferencia del neoliberalismo a secas en que, como doctrina económica tendiente a la acumulación de capital, es perfectamente válida y sus argumentos discutibles, tanto en el terreno teórico académico, como en el de la práctica política. Pero el “neoliberalismo salvaje” es una plaga que hay que combatir sin reposo, porque consiste en la práctica política que lleva la doctrina neoliberal al extremo de asociarse con la delincuencia organizada, para lograr sus nefastos propósitos.

Cuando la intención de formar un gobierno es fomentar la acumulación del capital de los empresarios, a costa de sacrificar salarios y medio ambiente, se está a un solo paso de llegar al extremo de recurrir a lo que sea con tal de lograr ése, a todas luces, perverso objetivo. El resultado es la corrupción a gran escala, tan grande que el nuevo gobierno ha expresado su intención de olvidar y hasta perdonar lo que nos esquilmó y saqueó en el pasado, a fin de concentrarse en la prevención futura.

Nunca acabaríamos. No hay cárceles suficientes, alega López para eludir su responsabilidad histórica y su deber de funcionario público impedido de imponer su capricho personal -por muy loable que fuere- o gobernar a contentillo de un puñado de “consultores”. No puede eludir que bastaría con el encarcelamiento de unos cuantos peces no gordos, sino definitivamente obesos, para crear un efecto de demostración contundente para los potencialmente futuros corruptos.

Quiéralo o no, López Obrador va a tener que gobernar entre dos grandes grupos de presión: los que quieren que todo siga igual y convertirlo en un ejemplo lamentable de gatopardismo y quienes presionaremos para que lleve hasta sus últimas consecuencias lo que nos ha prometido. Si concede la cabeza de Paco Ignacio Taibo II, habrá dado un paso atrás.

Una alternativa consiste en darle un nombramiento mayor al que está en disputa, dentro de sus capacidades y talentos, en el que no se requiera ser mexicano por nacimiento. Sería una espléndida jugada. Así sí que se las metería doblada, aunque parece que ya lo doblaron a él, y ha tenido que ofrecer disculpas a sus censores, alegando que siempre ha luchado por las causas de las mujeres y de la comunidad gay, como si la expresión “ése es de los que la meten dobladita” tuviera algo que ver con lo gay.

No aguantó nada. Adaptó rápidamente su mensaje a lo que se espera en público y el país perdió la oportunidad de continuar, al menos por unos días más, con una rica polémica sobre el tema de la hipocresía del lenguaje. Lástima.

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