Estás aquí
El ultraderechista Jair Bolsonaro gana la Presidencia de Brasil Elección presidencial Elecciones Internacional 

El ultraderechista Jair Bolsonaro gana la Presidencia de Brasil

El ex militar promete mano dura a los brasileños hartos del crimen y la corrupción, en un giro dramático hacia la derecha de la mayor economía de Latinoamérica

 

El ultraderechista Jair Bolsonaro será el nuevo Presidente de Brasil luego de que el Tribunal Electoral lo declarara como el ganador de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Brasil se volvió este domingo el país más reciente del mundo en dar un giro hacia la derecha extrema, con la elección como presidente de un populista de mano dura; el cambio político más radical desde que la nación suramericana regresó a la democracia hace más de treinta años.

Con más del 97.38 por ciento de los sufragios del balotaje computados por el tribunal electoral, Bolsonaro lograba un 55.5 por ciento de los votos, ya fuera del alcance de su rival izquierdista, Fernando Haddad, que tenía un 44.58 por ciento.

“Todos juntos vamos a cambiar el destino de Brasil”, ha dicho el ganador de los comicios a sus ocho millones de seguidores en Facebook. “No podemos seguir coqueteando con el socialismo, con el comunismo, el populismo o el extremismo de izquierda”. El futuro presidente ha asegurado, ya ante la televisión ante su casa en Río de Janeiro, que su Gobierno será “constitucional y democrático”. declaró en mensaje a través de Facebook live, luego de ser declarado triunfador.

Poco después, tomó la mano de un pastor evangélico para orar en una improvisada ceremonia, en la que el religioso lanzó una plegaria y elogios a Bolsonaro, quien aseguró tiene una “misión de Dios”.

El repentino salto de Bolsonaro fue impulsado por el rechazo al izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) que dirigió a Brasil durante 13 de los últimos 15 años y fue desbancado hace dos años en medio de la peor recesión y el mayor escándalo de sobornos y corrupción en la historia del país.

Haddad se había postulado en representación del encarcelado fundador del PT y expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Aunque en los últimos días acortó un poco la brecha con su contrincante, no fue suficiente para complicar a Bolsonaro.

A muchos brasileños les preocupa que Bolsonaro, un admirador de la dictadura militar de 1964-1985 y defensor de su uso de la tortura contra opositores de izquierda, pisoteé los derechos humanos, limite las libertades civiles y restrinja la libertad de expresión.

El legislador, de 63 años, ha prometido combatir el crimen en las ciudades y el cinturón agrícola de Brasil dándole a la policía más autonomía para abrir fuego contra delincuentes armados y modificando las leyes a fin de permitir que los brasileños compren armas, una demanda de uno de sus mayores partidarios, el poderoso lobby de los agricultores.

En un discurso televisado, Bolsonaro dijo que pacificará al país, pero aclaró que su gobierno será democrático y defenderá la libertad de los ciudadanos. Y reiteró que reducirá el déficit público, el tamaño del gobierno y buscará relacionarse con países más avanzados.

Muchos en el país consideran que Bolsonaro tiene tendencias autoritarias; planea designar a líderes militares en varios cargos clave y llegó a decir que no aceptaría un resultado en el que perdiera. Ha amenazado con llenar de allegados al Tribunal Supremo Federal al aumentar la cantidad de jueces, de once a veintiuno, y lidiar con rivales políticos al darles la opción de ser exiliados o exterminados.

Bolsonaro, de 63 años, es un capitán retirado del ejército que se ha desempeñado como diputado durante casi tres décadas. Triunfó sobre muchos otros candidatos en la primera y segunda vueltas, pese a que no tenía la misma cantidad inicial de fondos de campaña, a que ya había causado varias polémicas y a que no tenía el respaldo de alguno de los principales partidos del país.

Entre sus propuestas está que las fuerzas policiales de Brasil —que de por sí son de las que más vidas cobran en el mundo— obtengan la autoridad de matar a sospechosos de posibles delitos porque, dijo Bolsonaro, “un buen criminal es un criminal muerto”. También ha prometido reducir la edad de castigo penal, establecer sentencias más duras para casos de crímenes violentos y aligerar las leyes de posesión de armas en manos civiles.

Su victoria se debe en parte al colapso de la izquierda. Muchos criticaron la decisión judicial de no permitir que el popular expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien por mucho tiempo fue puntero en las encuestas, mantuviera su candidatura después de que fue arrestado en abril para cumplir una condena de doce años por corrupción y lavado de dinero.

El Partido de los Trabajadores que lidera había ganado las cuatro últimas elecciones y Lula, extrabajador metalúrgico, aún era popular entre los brasileños de clase trabajadora y pobres que se sentían personalmente representados y que se habían visto beneficiados por sus políticas de inclusión social.

Sin embargo, muchos más brasileños demostraron con su voto que están fastidiados con el PT, que dirigió el país entre 2003 y 2016 en medio de varios ciclos de crecimiento y de desplome que desembocaron en serias dificultades económicas y en un juicio político contra la sucesora de Lula en el palacio de Planalto, Dilma Rousseff.

Para aquellos brasileños que consideran que el actual sistema político forjado en años recientes está repleto de personas sobornables, Bolsonaro fue muy atractivo.

Aunque ha tenido pocos éxitos en su carrera legislativa, una serie de declaraciones ofensivas —como el que preferiría que su hijo muera a que sea gay o que las mujeres no merecen recibir el mismo sueldo que los hombres— fue interpretada por muchos como una manera de ser honesto y como una prueba de su disposición a ir contra el statu quo.

El ganador tendrá que gobernar con un Congreso indomable de 30 partidos encabezados por el grupo del Partido de los Trabajadores (PT) con 57 diputados y el del Partido Social Liberal (PSL), de donde proviene Bolsonaro, con 52, aunque este tiene más potenciales aliados. El ultraderechista ha encandilado a los mercados con sus promesas de privatizaciones en un país con un inmenso y rígido sector público gracias en buena medida a su gran asesor económico y futuro ministro de la materia, Paulo Guedes, doctorado en la Universidad de Chicago, cuna del ala dura del liberalismo económico moderno. No está tan claro que los generales que le acompañarán en el Gabinete sean tan entusiastas de esos planes.

Brasil ha votado inmerso en una inédita crisis política, económica e institucional. Los últimos años han sido especialmente convulsos. La política ha ido de sobresalto en sobresalto mientras la economía entraba en un periodo de recesión (2015-2016) del que empieza a recuperarse débilmente. Dilma Rousseff, heredera política de Lula, fue reelegida presidenta por la mínima en 2014 para un mandato que es recordado por sus errores en materia económica (que agravó una situación ya difícil por la crisis mundial) y que terminó abruptamente en 2016 con un tormentoso proceso de impeachment al hilo de un presunto delito electoral. Le sucedió Michel Temer, del Movimiento Democrático Brasileño, que seguirá en la presidencia hasta fin de año, y que también se ha visto salpicado por varios escándalos de corrupción.

El país ha dejado atrás la recesión, pero está lejos de entrar en la recuperación con firmeza. Si hace 10 años crecía al 7% y hace solo cuatro años presumía de pleno empleo, ahora tiene casi 13 millones de desempleados, un 12,1%.

La campaña de esta elección será recordada porque los jueces cortaron en seco el intento del encarcelado Luiz Inácio Lula da Silva de regresar a la presidencia de Brasil por tercera vez, porque Bolsonaro fue apuñalado por un loco que actuaba “por órdenes de Dios”, según le dijo a la policía, lo que le llevó tres semanas al hospital, y por las diatribas que profirió antes y después de ese suceso. “Vamos a barrer del mapa a los bandidos rojos. O van presos o marchan al exilio”, proclamó hace una semana en una arenga a miles de seguidores en São Paulo retransmitida por Facebook desde su casa de Río, donde se refugió durante la convalecencia. “El error de la dictadura fue torturar y no matar”, declaró en una entrevista en 2016. Su número dos, Hamilton Mourão, propuso abiertamente el pasado septiembre encargar a unos notables una nueva Constitución. “Una Constitución no precisa ser hecha por los representantes electos del pueblo”, dijo este general que se retiró de las Fuerzas Armadas en febrero. Bolsonaro rechazó la propuesta y dijo que defiende “el voto popular”.

Con información de Excélsior, NYT y El País.

También te puede interesar: