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Media tarde en París: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Si viajas con recursos públicos, no invoques tu “derecho a la privacidad”

 

No se trata de la más taquillera comedia de Woody Allen en los Estados Unidos, ganadora de un Oscar al mejor guion original (Midnight in Paris), sino de una muestra accidental del desprecio que los hombres y mujeres del poder en México sienten por los ciudadanos, incluso fuera de nuestras fronteras.

Cuando ayer algunos medios publicaron dos fotografías de la primera dama, Angélica Rivera, comiendo en compañía de dos de sus hijas en la terraza de un célebre restaurante de la avenida Champs Élyseés, en París, consideramos que no era la gran noticia que se pretendía, y decidimos no publicarla, puesto que la distinguida dama, mejor conocida en el mundo como “La Gaviota” -por su mayor éxito como actriz-, estaba de vacaciones en la Ciudad Luz y lo menos que podría esperar es que se le dejara disfrutarlas sin invasiones a su muy respetable privacidad.

Pero resulta que quien tomó esas fotografías también intentó levantar un video y saludar a su ilustre compatriota, sin percatarse de que guaruras armados, probablemente del Estado Mayor Presidencial mexicano, se lo impedirían con discretos jaloneos y amenazas veladas de usar su pistola en un episodio “inadmisible” (así lo califica Ricardo López, colaborador de Ciro Gómez en Telefórmula), pero de lo más natural del mundo, ataja su jefe, quien justifica que “así actúan los guardias de seguridad de todos los famosos e incluso en este caso actuaron con menos rudeza que los guaruras de Luis Miguel, por ejemplo”.

Cualquier particular, célebre o desconocido, tiene derecho de invocar su privacidad para impedir que alguien le levante fotografías, trátese éste último de un ciudadano común o de un periodista. Los personajes públicos, sin embargo, están limitados en esa invocación a la privacidad, sobre todo cuando, aun estando de vacaciones, usan recursos del erario como es el evidente caso de los guardias pagados con dinero público, así como seguramente todos los gastos derivados del viaje de doña Angélica y su familia.

Según este criterio, la primera dama habría tenido todo el derecho del mundo de solicitar e incluso exigir al periodista que no le tomara imágenes si hubiera sido el caso de que todos los gastos de sus vacaciones, incluidos los de su seguridad, corrieran por su cuenta personal, pero se excede en sus derechos -y pisotea los del fotógrafo improvisado, Francisco Cobos– cuando manda a sus guardias -presumiblemente pagados con los impuestos del agredido- a despojarlo de su cámara y, pistola en bolso, manosearlo y manipular sus bienes.

Pero lo más grotesco del caso es que Ciro Gómez, siendo él mismo un periodista, justifique la internacional arbitrariedad de la primera dama y desdeñe la opinión de su mejor colaborador, Ricardo López, con el mismo desprecio con el que la Presidencia actual de la República mexicana repudia la labor de los periodistas hasta el punto de brindar absoluta impunidad a sus múltiples asesinos.

Lejos de la evocación de la la Belle Époque y de la constelación de escritores y artistas de los años 20 que pinta con maestría este espléndido ensayo cinematográfico de Woody Allen (Midnight in Paris), nuestro guion se parecería más a bodrios que bien podrían llevar el título de “Hombres lobo mexicanos en París”.

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