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Genocidio, estrategia estructural del Neoliberalismo Salvaje: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Editorial Nacional Noticias principales Seguridad 

Genocidio, estrategia estructural del Neoliberalismo Salvaje: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Tultepec, tragedias que deberían haberse evitado

 

La estrepitosa debacle electoral del peñismo no se da, como piensan los analistas orgánicos de los medios hegemónicos nacionales e internacionales, por convicciones del electorado mexicano en materia de Economía, por ejemplo. No por posiciones ideológicas antagónicas que inclinan a las masas de votantes en una dirección u otra, según preferencias teóricas plasmadas en plataformas partidistas -por el libre mercado o por una intervención compensatoria del Estado, en el ejemplo escogido-, como ocurre en lugares del mundo donde la cultura política y democrática es mucho más avanzada que la nuestra.

No. Si algo determinó que la ciudadanía les volteara la espalda en forma tan drástica a Enrique Peña y a su candidato, fue su absoluta indiferencia ante la muerte masiva y sufrimiento de los mexicanos. No se trató de un asunto de principios programáticos, sino de un impulso espontáneo de simple y llana sobrevivencia.

Peña transcurrió su trágico mandato en una especie de esquizofrenia de invernadero, donde los miembros de su corte le construían costosos escenarios artificiales a diario, por todo el país, para que el Presidente pronunciara discursos, preferentemente sobre la presunta grandeza de sus “reformas estructurales de hondo calado”, mientras la población real se debatía entre la miseria y la masacre cotidianas, al mismo tiempo que su absurda estrategia de “seguridad” impulsaba que el tráfico y consumo de estupefacientes aumentara en forma exponencial.

Cuando López Obrador lanza su enunciado de pacificar al país a cualquier costo, incluso recurriendo de ser necesario a una ley de amnistía, planteamiento aderezado con formulaciones retóricas simples, y al mismo tiempo profundas como la de que “la violencia no se combate con más violencia”, estaba en realidad apelando al inconsciente colectivo de un pueblo aterrorizado ante la indiferencia de sus autoridades respecto de la carnicería que ellas mismas desataron durante los dos últimos sexenios, con el pretexto estúpido de una lucha contra el narco basada en un paradigma prohibicionista obsoleto y contraproducente.

La masa de votantes tenía la bien fundamentada sospecha de que la enorme corrupción e impunidad típicas del prianismo, estaban asociadas con el régimen de terror que la “lucha contra el narco” impuso con el objetivo específico y concreto, aunque quizá inconsciente, de controlar a la población ante el escandaloso saqueo de las arcas nacionales.

Poco a poco, la clarificación poselectoral del pueblo de México caerá en la cuenta de que el voto por López Obrador lleva la factura de un resultado inmediato y drástico en materia de seguridad, reto que desconocemos si los hombres del próximo presidente estén realmente en condiciones de superar.

Si bien la próxima secretaria de Gobernación es una dama exquisita, inteligente e indudablemente muy preparada, tanto que ha dado en el clavo de pronunciarse por la legalización de la marihuana, planteamiento que los mojigatos neoliberales -muchos de ellos compulsivos consumidores de cocaína- jamás iban a aceptar, el reto que enfrenta en materia de gobernabilidad será formidable una vez que aminore la euforia del triunfalismo poselectoral que permea en todo México.

La comparecencia de Alfonso Durazo en el programa Despierta, de Televisa, está salpicada también de certeros cuestionamientos a la política neoliberal de seguridad, donde los recursos se incrementaron diez veces desde el 2006, en la misma proporción que los índices de inseguridad. Ahí hay un problema evidente de corrupción, le aclara Alfonso Durazo a Ana Francisca Vega, mientras que a Loret le explica que su formación no policial precisamente responde a la necesidad de darle al problema un enfoque distinto, mucho más amplio.

Fue Richard Nixon el que diseñó la persecución de los hippies consumidores habituales de mota, como un pretexto perfectamente consciente y calculado para violar masivamente las garantías individuales de los jóvenes que protestaban contra la Guerra de Vietnam, sin tener que atender reclamos por violaciones de garantías individuales.
Dicho de otro modo, y he ahí la esencia de mi hipótesis original: la lucha contra el narco es un pretexto para desatar el terror en el que se requiere sumir a una población a la que se pretende saquear. Es una estrategia para sembrar horror generalizado a fin de que el régimen neoliberal corrupto que patrocina esa guerra absurda (porque invariablemente sus resultados son los contrarios a los “esperados”) pueda hacer de las suyas sin que la población se organice para detener el despojo.

Lucha contra el narco y neoliberalismo salvaje van de la mano e implican terror y saqueo de la riqueza de un país, las dos cosas al mismo tiempo, porque no se puede despojar a todo un pueblo a menos que se le suma en un estado de horror institucional y mediático.

Antes de la “Guerra calderoniana” se invertían 6 mil millones de dólares anuales en “seguridad“, pero ahora se invierten 60 mil. El resultado de esa “inversión” es que los índices de inseguridad se han disparado exponencialmente, igual que los recursos supuestamente destinados a abatirlos. Todo ese dineral lo han robado descaradamente sin que la gente protestara, hasta ahora, cuando tuvo oportunidad de mandar al sótano de la votación a los autores de este atraco y genocidio planeados.

Una población aterrorizada, con cientos de miles de muertos, muchos de ellos descabezados, pozoleados y descuartizados, sumado a decenas de miles de desaparecidos, no estaba en condiciones de estudiar a fondo las propuestas concretas que cada candidato ofrecía para presuntamente resolver los problemas nacionales.

Este panorama del terror, sazonado con ejecuciones sumarias de soldados y marinos, como el caso de Tlatlaya, no puede sino inclinar la balanza en cualquier sentido que se presente como una alternativa más o menos creíble. La gente se volcó por López Obrador porque Anaya fue totalmente desacreditado por el propio gobierno priista ante la amenaza de llevarlos a la cárcel.

¿Qué podrían esperar los priistas al poner como vicecoordinador de campaña de su candidato al ex gobernador Eruviel Ávila, quien felicitó al Ejército en repetidas ocasiones por televisión después de la masacre de Tlatlaya y quien ha sido señalado en reportajes televisivos y en un libro como probable pederasta?

¿En qué cabeza cabe premiar a un exgobernador de esas características con una posición asegurada en el Senado de la República?

Otro ejemplo de la criminal indiferencia de los neoliberales salvajes respecto de la muerte masiva de sus compatriotas lo constituye el polvorín de San Pedro Tultepec, en el Estado de México. Más de 80 muertos perfectamente previsibles y muchos más heridos y mutilados ha producido la pirotecnia mal regulada en esa comunidad del Estado de México durante los últimos dos años.

La indiferencia de las autoridades ante esta tragedia recurrente raya en lo criminal. Dijo Carlos Puig en su programa de anoche, al dar la nota de la nueva serie de explosiones, que omitía presentar las declaraciones de las autoridades -se refiere al secretario general de Gobierno, Alejandro Ozuna-, porque “siempre dicen lo mismo”. Y Ciro Gómez rememora las palabras del ex gobernador Eruviel Ávila prometiendo soluciones cuando en diciembre de 2016 una megaexplosión destrozó el mercado de San Pablito y se llevó la vida de más de 40 mexiquenses.

Recordamos con afecto a Alejandro Ozuna Rivero cuando parecía ser un funcionario sensible como presidente municipal de Toluca. Uno de esos políticos del viejo priismo que se preocupaban por la gente, o al menos simulaban hacerlo, antes de convertirse en los neoliberales salvajes de hoy.

Me da la impresión de que la experiencia reciente de haber trabajado bajo las órdenes de Luis Miranda (más que compadre, la conciencia negra de Enrique Peña Nieto), echó a perder a Alejandro, porque después de la explosión de hace justamente un mes, cuando hubo 7 muertos, no tiene realmente cara para justificar esta nueva tragedia que definitivamente podría y debería haberse evitado.

Parece que la indiferencia ante la muerte de sus conciudadanos ha contagiado a muchos herederos de un nacionalismo revolucionario definitivamente perdido para el priismo, pero recuperado felizmente por Morena ante la tragedia neoliberal mexicana.

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