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El cambio inminente pone histéricos a algunos empresaurios: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Andrés Manuel López Obrador Editorial Elección presidencial 

El cambio inminente pone histéricos a algunos empresaurios: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

El Anhelo profundo de un pueblo cansado

 

En la fase final de los comicios más nutridos de nuestra historia, donde estarán en juego 3 mil 236 cargos de elección popular, es decir, mil 614 alcaldes, 972 diputados locales y 500 federales, 128 senadores, 9 gobernadores y el presidente de la República, a algunos de los hombres económicamente más poderosos de México les gana la desesperación y empiezan a moverse en el resbaladizo terreno de la delincuencia electoral, al usar su poder para desacreditar a un candidato presidencial, a un partido político, a una corriente a la que llaman “populista“.

Deberían serenarse. López Obrador no ha planteado que piense establecer un régimen comunista o algo por el estilo; ni regresar al pasado de una macroeconomía irresponsable que descuida los indicadores que le dan estabilidad y certidumbre al país. No. Se ha limitado a plantear que se devuelva al Estado su papel de regulador de los intereses de quienes no tienen nada y los que tienen demasiado, enfatizando que al combatir la corrupción, se puede financiar la justicia social atemperando las terribles desigualdades que nos flagelan y ponen en peligro cada vez más grave la estabilidad del país.

Los empresarios deberían ser los principales defensores de un régimen que combata el flagelo de la corrupción en México, porque a ellos también les afecta el tener que otorgar porcentajes cada vez más onerosos para conseguir contratos cada vez más inciertos y morosos en su pago, a menos, claro, que ellos mismos se nutran de la corrupción.

A menos que un empresario deshonesto resulte privilegiado para construir caminos que en cada época de lluvias tienen que ser restaurados porque se construyeron mal. A menos que sus obras de pésima calidad sufran socavones a las primeras de cambio, se entendería que un empresario se oponga a un régimen que se propone como primer objetivo terminar con la corrupción que nos agobia. Con la impunidad que nos lastima. Los beneficiarios de la corrupción son los principales interesados en atacar a un gobierno que se propone combatirla. En preservar un sistema que la tolera, que la considera “un fenómeno cultural” inamovible.

Ignoro si López Obrador realmente combatirá la corrupción como promete, porque lo he visto empiernarse aquí, en el Estado de México, con auténticos gangsters como Higinio Martínez y he escuchado que por todas partes ocurre un fenómeno similar, es decir, amafiarse con líderes corruptos que le prometen votos y desplazar liderazgos honestos, en su mayoría jóvenes, auténticamente comprometidos con la esencia del morenismo. Pero al menos sabemos que ni el PRI ni el PAN están realmente comprometidos con el combate a la corrupción, pues en los hechos, siempre han sido sus principales progenitores, por mucho que en el plano de la retórica digan lo contrario.

Por lo demás, la gente ya está harta de las recetas neoliberales que nos han impuesto, por las buenas o por las malas, durante los últimos 36 años. Ya es tiempo de un cambio que nos permita respirar de nuevo luego de más de 3 décadas de asfixia y de saqueo, aderezados con un infierno de inseguridad.

Estamos dispuestos a lidiar con los nuevos planteamientos retóricos que seguramente darán pie a nuevas y distintas formas de corrupción en la práctica. Ningún formato de gobierno es perfecto, de ahí la necesidad vital de la alternancia. El morenismo se nutre ahora con Napitos y Nestoras, con Higinios y Delfinas, pero también con el anhelo profundo de un pueblo demasiado cansado.

 

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