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El Debate fue específicamente diseñado para imponer la ideología neoliberal: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Editorial Elección presidencial Nacional 

El Debate fue específicamente diseñado para imponer la ideología neoliberal: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Imposible delinear la radiografía del cambio en minutos de una discusión “ideologizada”

 

Me da gusto que Héctor Aguilar Camín retome el trascendental libro “México, la Disputa por la Nación” de Carlos Tello y Rolando Cordera en su columna de Milenio, sobre el que he estado insistiendo en mis colaboraciones para Notiguía, porque ese extraordinario trabajo, publicado a principios de los 80, tuvo el visionario mérito de ordenar conceptualmente los rasgos típicos (en el sentido weberiano) del neoliberalismo en ciernes que, desde entonces, ha dominado las estrategias gubernamentales, empecinadas por cierto en enterrar el modelo histórico del “nacionalismo revolucionario” encarnado por el general Cárdenas décadas atrás.

Cuando López Obrador y sus representantes plantean que una parte de la ola delincuencial que azota a México se genera “por falta de oportunidades”, están retomando una enseñanza elemental de la Economía Política sobre la que se sustentan los conceptos del nacionalismo revolucionario “populista”, como se le señala ahora con un dejo de desprecio. Pero la respuesta “neoliberal” inmediata, planteada en forma malévola por Margarita Zavala en el debate, es: “No criminalices la pobreza“.

“Criminalizar la pobreza” significa establecer que la delincuencia tiene como requisito indispensable ser previamente pobre, lo cual constituye una falacia bastante ruin, porque el sentido en que López Obrador y los sociólogos inspirados en paradigmas no “funcionalistas” lo plantean, es que la criminalidad se nutre con la pobreza y la falta de oportunidades, lo que constituye un campo de cultivo idóneo para el reclutamiento masivo de personas que no delinquirían si su situación de miseria absoluta no los orillara a tomar ese camino como última instancia de sobrevivencia.

Ahí, como en todos los puntos de discusión entre López Obrador y los neoliberales del montón, se refleja con suma nitidez el choque de dos visiones de país radicalmente distintas, en disputa permanente a lo largo de nuestra historia.

Para los neoliberales, la pobreza es una condición natural de quienes “no se han esforzado lo suficiente en un mundo que ofrece todas las oportunidades”, sin importar los antecedentes socioculturales y económicos de sus familias. Los pobres, argumentan los defensores de la economía de mercado, lo son porque al mismo tiempo son flojos y no se han aplicado a enriquecerse en un mundo en el que “cualquiera puede lograrlo”.

Esta ideología “dominante”, sembrada a diario por personajes a sueldo como David Páramo, constituye un engaño pernicioso para la sociedad, porque esconde hábilmente una verdad que la Economía Política devela con precisión: Los ricos lo son, porque explotan el trabajo de la mayoría en su propio beneficio.

No se puede ser inmensamente rico en un sistema basado en la quiebra de pequeñas empresas y negocios en favor del gran capital obtenido e incrementado exponencialmente a diario a través de la imposición de salarios de miseria y de una febril especulación financiera que los neoliberales alientan para mantener y acrecentar sus inmensas fortunas y privilegios.

Siguiendo el método weberiano de la Tipología Ideal -y aclarándolo para que no haya lugar a confusiones de “excesiva simplificación marxistoide”-, tendría que decir que los ricos en este país siembran una serie de mentiras en la mente de los televidentes, de los educandos y de los niños y jóvenes en el seno familiar, para desmantelar en automático cualquier argumentación que no encaje a la perfección con las recetas impuestas de la ideología dominante.

En un debate de las características del diseñado por el INE -tan elogiado por muchos ideólogos del sistema- es muy sencillo para los propagadores de la ideología dominante proferir frases descalificatorias porque han sido previamente sembradas en forma masiva, a fin de mantener el statu quo y, al mismo tiempo, resulta casi imposible para un “populista”, esgrimir y fundamentar sus propuestas en un minuto, pues éstas han sido previamente descalificadas en mensajes inoculados a través de los aparatos ideológicos del Estado.

El debate mismo está específicamente diseñado para que esto suceda y forma parte de la campaña del grupo en el poder para perpetuarse otros 6 años. No es una casualidad, por ejemplo, que se diseñe una estrategia para recabar firmas de apoyo a candidatos “independientes” que excluya de entrada a la candidata indígena, porque precisamente el grupo de mexicanos conformado por etnias originarias que la respalda, ha sido excluido del uso de esas tecnologías necesarias para obtener las firmas. Constituye una perversa profecía que se cumple a sí misma.

Los empresaurios mexicanos tienen pánico de que llegue al poder cualquiera que sostenga posiciones en favor de la gente, del pueblo, de los miserables. Harán todo lo que esté en su poder para evitar el triunfo electoral de cualquiera de los que ellos llaman peyorativamente “populistas”. Y su pánico se traduce en mensajes mentirosos a través de los medios de comunicación -a su servicio por cierto- para sembrar miedo difundiendo falsedades sobre el “derrumbe de los indicadores macroeconómicos que le dan estabilidad al país”, por ejemplo.

Estos asuntos son imposibles de explicar en un minuto de “debate”. Por eso el INE inventó los ridículos periodos de “pre e intercampañas”, regulando, es decir reprimiendo la posibilidad de que los candidatos que luchan por un verdadero cambio se explayen para sembrar la luz sobre las mentiras impuestas cotidianamente por la ideología dominante.

Por eso han impedido -y lo seguirán haciendo- debates permanentes y equilibrados entre los representantes auténticos de los dos proyectos de nación en disputa. Por eso le echan montón a López y a sus voceros en los muy escasos espacios de los medios masivos. Desgraciadamente, los promotores del “cambio verdadero” suelen caer en el vicio de despreciar de entrada las oportunidades que las redes sociales les ofrecen para romper ese círculo vicioso. Asocian el avance tecnológico con la ideología dominante y prefieren acudir a trampas mediáticas que le tienden conductores de televisión que simulan una “apertura”, como Ciro Gómez Leyva.

No es casualidad que linchen a López Obrador, un legítimo luchador por el cambio pero no precisamente caracterizado por una gran elocuencia, dejándolo en estado de indefensión mediática. Así logran sus perversos objetivos, es decir, continuar con un régimen de terror que permite el enriquecimiento de unos pocos, con base en el sufrimiento y el dolor de la mayoría.

Pero mucha gente, “el pueblo bueno”, está convencida de que López Obrador la representa mejor que otros que han demostrado una y otra vez haber mentido en sus campañas. Se identifican con él a pesar de no ser muy brillante y eludir el debate, porque habla el lenguaje subliminal que los neoliberales son incapaces de entender o compartir en su fondo humanista y liberador. Son muy buenos, especialmente Ricardo Anaya, para descalificarlo con mensajes conceptualmente consistentes con la ideología dominante, pero que no resistirían una discusión profunda.

Anaya mintió durante el debate -como ha venido demostrando Azucena Uresti en su noticiario de Milenio– en la mayoría de los ataques contra López, pero era imposible en ese momento desenmascararlo. Ante la elocuencia mentirosa de Anaya, López Obrador formula expresiones típicas del lenguaje de los dominados para exhibir como “mentirosillo de poca monta” a quien lo insultó con mentiras descaradas.

La gente ya no se va con la finta y los neoliberales deberían hacerse a la idea de que la democracia verdadera demanda que los “populistas” tengan una oportunidad de gobierno para componer el desastre que ellos han provocado en el país durante ya 30 años de “democracia y alternancia” simuladas.

Incluso les conviene. Deben ver con claridad que es mucho mejor para ellos mismos y sus familias que gobierne un populista dispuesto a amnistiarlos y no volver a defraudar la voluntad popular con el riesgo inminente de despertar al México Bronco, o al “Tigre“, como dice López Obrador.

Gánense en la práctica el honor de ser demócratas auténticos, como pregonan a los 4 vientos. Respeten la decisión de la mayoría y dejen de perpetrar toda clase de marrullerías y triquiñuelas para torcer esa voluntad. Sean congruentes.

 

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