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El anayismo, fase superior del prianismo: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Editorial Elección presidencial Nacional 

El anayismo, fase superior del prianismo: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Ricardo Anaya, el más puro ejemplo de gatopardismo

 

Ricardo Anaya se muestra claramente como un político mediáticamente competitivo, pero incapaz de entender que el régimen de corrupción, de saqueo masivo de las finanzas públicas, de impunidad absoluta, de violaciones masivas de los derechos humanos, de sacrificio salarial de los trabajadores, es inherente, consubstancial al neoliberalismo salvaje que él, en el fondo, comparte con sus presuntos “enemigos” del prianismo peñacalderonista.

El gran logro personal de Ricardo Anaya es haber arrebatado el control de la sucesión presidencial a los líderes del “amasiato” (Álvaro Delgado dixit) prianista, es decir, al ex presidente panista Felipe Calderón y al mandatario priista en funciones, Enrique Peña Nieto, quienes han sostenido una suerte de concubinato en el poder los últimos dos sexenios, al apoyarse entre sí para ganar sus respectivas elecciones del 2006 y 2012 y guardarse mutuamente las espaldas durante su mandato, es decir, han funcionado en la práctica como un matrimonio eficaz y perfectamente funcional, pero sin el registro correspondiente.

El eventual triunfo electoral de Anaya sólo significaría que la doctrina conservadora que domina el panorama presidencial en México desde hace 3 décadas, continuaría imponiéndose a un pueblo que ya no resiste más los sacrificios del neoliberalismo salvaje, excesivamente liberal en lo económico y profundamente represivo en lo político y lo social.

Anaya sostiene una feroz lucha de poder con el peñalderonismo, pero por mera ambición personal, no por principios o convicciones ideológicas. Surge como una alternativa falsa, pero electoralmente atractiva, que critica las formas de sus congéneres del PAN en alianza inconfesable con los sectores conservadores del PRI, pero no el fondo de una ideología neoliberal estructuralmente engarzada con la corrupción.

El Chico Maravilla ha resistido con gallardía y talento mediático la furia tanto de calderonistas resentidos -que no lo bajan de traidor- como del aparato de Estado priista en plena embestida judicial para bajarlo del segundo lugar, a fin de ubicar a su candidato, José Antonio Meade en ese sitio, es decir, en posición de confrontarlo con López Obrador, y aplicarle -durante la campaña- la misma estrategia de aniquilación ensayada contra Anaya en la pre e intercampaña.

El colmo del exitoso desafío anayista fue alcanzar una alianza con el PRD, que prosperó contra todos los pronósticos y que sólo se había logrado en elecciones estatales, lo que reforzó la ira del amasiato prianista.

Pero esta gesta memorable del anayismo -y en esto hay que tener muchísimo cuidado-, no lo convierte en un candidato real para una alternancia verdaderamente democrática. Anaya defiende, insisto, los mismos principios del neoliberalismo salvaje que se han impuesto en el país desde que el fraude patriótico contra el Frente Democrático Nacional -que encabezaba el Ingeniero Cárdenas– permitió el ilegal arribo al poder de Carlos Salinas de Gortari y dio pie a una dictadura imperfecta entre dos partidos que comparten ideología, pero también corrupción e impunidad, así como la estrategia más iatrogénica y absurda del mundo para “combatir” al narcotráfico.

La verdadera alternancia es la que permite el arribo al poder de opciones ideológicamente distintas, e incluso opuestas, no de la misma gata, aunque revolcada. No de un “cambio” para que todo siga igual, como reza la receta del más puro gatopardismo.

Es claro que Felipe Calderón rompió con Ricardo Anaya porque “El Joven Maravilla” le arrebató la candidatura presidencial a su esposa, la ahora “independienteMargarita Zavala, quien era perfilada como la pieza sacrificable del Club de Tobi de Los Pinos -al estilo de Josefina Vázquez Mota, tanto en la presidencial del 2012 como en la gubernamental del Estado de México el año pasado- para hacer ganar al verdadero delfín del prianismo, en este caso el híbrido José Antonio Meade, el “hijo natural” que llena las expectativas de los concubinos, Calderón y Peña, puesto que con ambos colaboró en las contrarreformas a la que ellos llaman pomposamente “reformas estructurales de hondo calado” y que no son sino embestidas reaccionarias contra todos los avances populares (no “populistas”) de la Revolución Mexicana.

La “novedad” con Meade es la misma exactamente que se publicita con Anaya: ambos son “no priistas” que presumen de honestos y “limpios” (el “Maestro Limpio“), y que dicen no compartir la brutal corrupción de sus aliados tradicionales. De ahí que la embestida de Peña contra Anaya se finque precisamente en las acusaciones de enriquecimiento ilícito, al tiempo que se hace de la vista gorda respecto de las denuncias de la Auditoría Superior de la Federación contra Meade, sobre presuntos desvíos multimillonarios de recursos de Sedesol.

Por el lado del gobierno priista, se desató la guerra sucia, la persecución judicial y mediática más feroz de que se tenga memoria desde el desafuero de López Obrador, promovido en el 2006 por el “majadero” neopriista Vicente Fox. De ahí que se le llame ahora a esta campaña oficial de linchamiento político “El Desagüero“.

La incorporación de Javier Lozano como vocero de la campaña del PRI es una prueba de la desesperación del prianismo, de su pérdida de la más elemental congruencia política. Lo mismo podría decirse del nombramiento de Eruviel Ávila como vicecoordinador de una campaña a la que mancha con su irremediable desprestigio y que sólo se explicaría por las presuntas amenazas del ex gobernador -acusado por un reportero de Ciro Gómez Leyva de pederasta- de revelar secretos escandalosos de la clase política de Atlacomulco.

La embestida oficial contra el candidato del Frente llegó recientemente a los excesos del encargado del despacho de la PGR, Alberto Elías Beltrán, funcionario eficaz como instrumento electoral del PRI, pero inútil para cumplir con su tarea de desahogar expedientes escandalosos de corrupción, lo que provoca una fuerte indignación nacional y una llamada de alerta internacional por lo que está ocurriendo en México.

A cada escalada, cada vez más burda y grotesca por cuenta del gobierno peñista contra Anaya, éste responde envalentonándose todavía más, al grado de amenazar con perseguir -si gana el primero de julio- al ex presidente Enrique Peña y promover una comisión internacional para tal efecto.

Anaya podría repuntar en las encuestas como resultado de la torpe embestida de Estado en su contra, en cuyo caso Meade estará definitivamente perdido y podría entenderse entonces que el peñismo acepte la oferta de amnistía de López Obrador y permita que Morena derrote al Frente en una elección limpia que daría estabilidad a un sistema fuertemente cuestionado. Así podrían entenderse los recientes coqueteos que se han dado entre AMLO y Meade, al grado de formular la hipótesis de las sustitución del PRIAN por el PRIMOR.

Sólo matándolo (como vaticina el locuaz “Jefe Diego“) o encarcelándolo, podrían desbancar a Anaya, quien deberá complementar sus bravatas fanfarronas, su “demagogia antipriista”, con aclaraciones puntuales sobre la infame guerra que inauguró Calderón no contra el crimen organizado, como adujo hipócritamente, sino contra el pueblo de México que, sólo así, aterrorizado por el horror del genocidio, permite los descarados saqueos de las finanzas públicas que perpetra la élite multimillonaria, depredadora e insaciable a la que él pertenece, desde la punta de una pirámide basada en el hambre y el dolor de la inmensa mayoría. ¿No cree usted?

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