Estás aquí
Las mentiras de Elías Beltrán: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Editorial Elección presidencial 

Las mentiras de Elías Beltrán: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Crisis artificial en la UNAM

 

La persecución política contra Ricardo Anaya alcanza tales niveles de vulgaridad -“el desagüero“, dice el genial Julio Hernández López al comparar esta cacería contra el Chico Maravilla con “el desafuero” de López Obrador-, que ya cobra fuerza la hipótesis de que forma parte de un plan “C” para convertirlo en mártir y encumbrarlo en la batalla electoral hasta el extremo de superar a López Obrador. Una suerte de “amasiato reloaded” que Peña estaría fraguando con el joven panista ante el descrédito del calderonismo como aliado político de Atlacomulco. El “Plan B” era sustituir a Meade con Nuño.

Esta presunta maniobra supondría un nivel extremadamente inteligente en su confección, un tejido finísimo en el que se incita a actuar a los diversos operadores de manera natural, sin saber que cada una de sus acciones va concatenada con las de los otros protagonistas, conforme a un plan maestro, un guion exquisito que sólo se conoce en los más altos niveles. Por eso el gran analista Álvaro Delgado, padre de la hipótesis del amasiato Calderón-Peña, destaca en su artículo de Proceso que “en el ataque a Anaya, el jefe es Peña“. No Navarrete, no Bazbaz, no Elías Beltrán, no Meade o Aurelio Nuño, no Videgaray, sino Peña.

Vayamos por partes:

Alberto Elías Beltrán, por ejemplo, es un troglodita en materia de procuración de justicia, capaz de urdir comunicados de prensa que podrían ganar cualquier concurso internacional de estupidez burocrática. Según los partidarios de la gran conspiración, esos defectos gravísimos son las cualidades que lo llevan a la conducción temporal de la PGR.

Así, se entera don Alberto de que acudirá a una de sus oficinas Ricardo Anaya, el candidato presidencial objeto de la celada que alguien de arriba le encomendó, como condición para ocuparse de la PGR ante la renuncia obligada del ex procurador Cervantes -quien se habría negado a participar en tan ilegal encargo-, acompañado de tres dirigentes nacionales de partidos políticos opositores al suyo, y de uno de los abogados más ilustres y temidos, porque ha sido el más eficiente en la historia del país para combinar sus dotes jurídicas con su enorme influencia política y capacidad mediática, es decir, “El JefeDiego Fernández de Cevallos. Y ¿qué hace el encargado del despacho de la PGR?

En lugar de recibir personalmente el escrito que le llevaban estos ilustres personajes, manda corriendo a un funcionario segundón a presionar a Anaya para que acepte que se le tome una declaración. Como él y su abogado explican que no fueron requeridos para tal cosa, sino que se presentan por su propia iniciativa para entregar un maldito escrito, Elías formula, ese mismo día, un comunicado para que la prensa a sueldo divulgue profusamente que “Ricardo Anaya se negó a declarar”. Primera estupidez, porque se trata de una mentira descarada en su obsesión por desacreditar a quien considera el adversario político de su jefe, el Presidente de la República.

Pero eso es apenas el principio de la larga cadena de estupideces. Se toma la libertad de grabar las conversaciones privadas que sostiene el grupo que acompaña a Anaya, para luego divulgar, en otro comunicado de prensa que, “a pesar de la cordialidad del funcionario que los atendió, Anaya lo insultó diciéndole hijo de puta“. La segunda y más evidente estupidez.

En primer lugar, no fue Anaya, fue Diego. No insultó al funcionario, al que a todas luces y gracias al mismo video proporcionado por la estupidez burocrática del encargado del despacho, todos pudimos ver que el Jefe Diego trató con amabilidad y hasta bromeando sobre su exagerada agitación. Sí pronunció lo de “hijo, o hijos de puta“, pero no para insultar al funcionario, como dice Elías Beltrán, sino en un comentario privado, ilegalmente expuesto por quien debería, por ese solo hecho, renunciar a su encargo.

Su tercera acción mediáticamente suicida consiste en aparecer en una conferencia de prensa, junto al nuevo -como él- secretario de Gobernación -apenas repuesto por su novatada en el trágico helicopterazo de Oaxaca– a dar una lección insólita sobre su forma de entender la procuración de justicia. Según el encargado de la PGR, está plenamente justificado acosar a un candidato presidencial, grabarlo ilegalmente, exhibir esa grabación, difamarlo con fake news sobre su presunta “negativa a declarar” y todo ello sólo para justificar que es un mal hablado que le mienta la madre a un funcionario público, a sotto voce.

Con Elías Beltrán pronto caeremos en la cárcel los millones de mexicanos que les mentamos la madre todos los días a los funcionarios inútiles que nos torturan con su estupidez.

Paralelamente a esta intentona de linchamiento mediático contra Anaya, se promueve en los medios a sueldo una asonada contra la UNAM, en el clásico estilo del autoritarismo diazordacista cuya caja china preferida es la máxima casa de estudios de nuestro país y una de las mejores universidades de América Latina.

Como si viviéramos en un país donde no se venden drogas en cada maldita esquina de todas las ciudades, y no hubiera, en promedio, unos 70 muertos al día, todos los medios de comunicación a sueldo divulgan profusamente “el grave problema” que constituye que unos cuantos jóvenes estén vendiendo drogas en el campus universitario. Como si no estuvieran haciéndolo desde hace décadas.

Como si eso no pasara en todas las universidades del mundo. Como si el inútil de Mancera no pudiera atrapar fuera de las instalaciones universitarias al puñado de narcomenudistas que son usados para justificar una invasión policiaca en el campus de la UNAM, y generar así una nueva caja china como la de Bustos y Falcón, par de porros que lograron tumbar al gran rector Pablo González Casanova.

Salvo el del 68, casi todos los conflictos universitarios han sido urdidos desde el poder para distraer la atención de los verdaderos problemas nacionales. En este caso, el uso faccioso que Peña le está dando a las instituciones a fin de favorecer a su candidato, es decir, a Meade -según casi todas las evidencias-, o a Anaya, según la hipótesis de los muy respetables analistas que conceden a Peña la inteligencia y capacidad de fraguar conspiraciones de tan altísimo nivel.

Ya veremos.

 

 

También te puede interesar: