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Hijos de puta: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Editorial Elección presidencial Nacional 

Hijos de puta: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

El que a hierro mata…

 

Hace muy mal Andrés Manuel López Obrador en sumarse, directa o indirectamente, al linchamiento mediático y judicial contra un adversario, Ricardo Anaya, que ha tenido al menos la virtud de romper con el amasiato entre PRI y PAN que presuntamente le robó la elección presidencial al propio López Obrador en dos ocasiones y que ha simulado una “alternancia” en el poder para imponer la dictadura neoliberal que México padece desde hace 3 décadas.

Quienes asesoran a don Andrés parecen haberlo convencido de que los ataques institucionales contra Anaya constituyen “una simulación estratégica” para convertirlo en el “Plan B” del régimen ante el fracaso cada vez más estrepitoso del candidato oficial, José Antonio Meade. Que aparentan tratar de destruirlo sólo para hacerlo crecer. No se dan cuenta de que el intento de linchamiento no pueden ser más sincero, pero al mismo tiempo tan torpe que invariablemente el tiro les sale por la culata.

 

El tabasqueño debería considerar que la misma estrategia ilegal de uso faccioso de las instituciones de procuración de justicia que se le aplica ahora a Ricardo Anaya, con singular ferocidad, con saña sólo comparable al frustrado desafuero promovido por Vicente Fox en contra suya, se le dejará caer a él mismo, con redoblado entusiasmo, tan pronto como lo que se perfila otra vez como una descarada elección de Estado logre su objetivo: el asesinato político de Anaya.

El Jefe Diego Fernández de Cevallos habla de que sólo muerto sacarán de la contienda a su candidato, y confiesa que fue él mismo y no el Chico Maravilla -como manejan a coro todas las televisoras francamente vendidas al sistema- quien llamó “hijos de puta” a los burócratas de la PGR que se negaban, primero, a recibir el escrito que fueron a presentarle al insostenible encargado del despacho Alberto Elías Beltrán y, luego, con zalamería fingida, invitaban una y otra vez a Anaya a que rindiera su declaración, para luego afirmar ante los medios que se negó a presentarla.

No hay que olvidar que el aparato mediático al servicio del régimen estuvo insistiendo en que “Anaya se negó a presentar su declaración”, retratándolo como un inculpado “rebelde” que “algo tiene que esconder”, cuando fue por iniciativa suya que acudió a la PGR a presentar un escrito, sin haber sido requerido a declarar, como mañosamente manejaron.

Como afirma Dante Delgado, quizá nunca se había presenciado con tanta claridad la intención abierta de usar a la institución encargada de la procuración de Justicia como brazo político del partido en el poder. Y eso debería preocuparnos a todos, especialmente a quien se ha declarado víctima de latrocinio electoral durante los últimos doce años.

Quizá por eso López Obrador se tardó más de lo habitual en armar un discurso que sonara más o menos congruente cuando exhorta a sus adversarios a dirimir sus diferencias sin causar inestabilidad en el país. En el fondo, López, habitualmente muy mal asesorado, debe creer que la batalla de Anaya contra el sistema que trata de aplastarlo, le favorece.

 

Ése parece ser el nuevo “cruzazuleo” de AMLO que, en realidad, es un “obradoreo” de Anaya. Lo que veremos en las próximas encuestas podría ser un crecimiento de Anaya a expensas ya no de Meade, sino del propio López Obrador que se ha mantenido al margen, como divertido observador y eventual cómplice de la brutal embestida del gobierno peñista contra un candidato opositor, causa que, en los buenos tiempos de don Andrés, le habría picado la cresta de la solidaridad inmediata, no en favor de Anaya, sino de los sacrosantos principios de la “equidad electoral” que dice honrar.

AMLO debería entender que la intención es destruir a Anaya para ubicar en segundo lugar a José Antonio Meade, es decir, en una posición susceptible de superar al primero. No puede fraguarse un fraude en el que el lejano tercer lugar en las encuestas supere, de un día para otro, a quien aparece como puntero.

Observar con la relajación propia de un riesgoso triunfalismo anticipado, es decir, cruzazulear incluso con regocijo, jugando al balero o respondiendo al decadente y metiche gran escritor Mario Vargas Llosa, o resucitando líderes charros o lanzando loas a Benito Juárez mientras se hinca con los reaccionarios del PES, mientras el sistema corrupto al que dice combatir despedaza a un adversario mediante el uso ilegal e inmoral del aparato institucional, no ayuda a su causa en absoluto.

Si no es por un elemental apego a principios que López se decide a hacer un frente común con Anaya en su legítima cruzada contra el uso faccioso de las instituciones -como una forma de encubrir la escandalosa corrupción de Emilio Lozoya en el caso Odebrecht, por ejemplo-, que al menos lo haga por un mínimo de inteligencia estratégica, porque “quien a hierro mata… a hierro puede morir.”

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