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El priismo mexiquense, en franca decadencia: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Editorial Edomex PRI 

El priismo mexiquense, en franca decadencia: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Desbandada del panismo toluqueño a las filas de Morena

 

Una nota de Violeta Huerta, de El Sol de Toluca, apunta que militantes del PAN en la capital del Estado de México, “anunciaron que dejan las filas de Acción Nacional para ir a apoyar a Juan Rodolfo Sánchez Gómez como aspirante a la alcaldía de Toluca por Morena, aunque por el momento no se afiliarán a esa fuerza política”.

La desbandada de los panistas en la capital mexiquense se ha venido desarrollando durante años, de manera sistemática. Aunque sordo y discreto, este éxodo conservador muy típico del Toluco, ha logrado diezmar por completo el de por sí exiguo padrón de militantes de un panismo minoritario que ha tenido que enfrentar, en diferentes etapas históricas, el poderío de uno de los priismos más fuertes del país, hoy -en la víspera de cumplir un siglo de dominación absoluta en la entidad-, en franca decadencia.

Este fenómeno dio por resultado el surgimiento de una prianismo descarado, comandado por personajes como Rubén Mendoza Ayala y Ulises Ramírez, gestados al amparo de Abraham Talavera, y que constituyen uno de los híbridos del prianismo más corrupto del país.

Toluca, y más recientemente el municipio conurbado de Metepec, han sido el semillero más prolífero de gobernadores, junto con Atlacomulco, municipio que cedió su nombre al mítico Grupo que, bajo la batuta de Carlos Hank González y su lema de que “un político pobre, es un pobre político, llegó a los más altos niveles del poder nacional con el Presidente Adolfo López Mateos y su mal imitador, Enrique Peña Nieto.

Si el profesor Hank, maestro de maestros en el arte de la política depredadora, no arribó a la Presidencia de la República, fue únicamente por el impedimento constitucional que luego, una vez desechado, permitió a Vicente Fox aceptar el obsequio de un Ernesto Zedillo ostensiblemente asqueado por el asesinato de Luis Donaldo Colosio y las secuelas de ese abominable evento que lo llevaría por la puerta falsa a Los Pinos.

Zedillo se dio a la tarea no solamente de imponer una “sana distancia” respecto del partido que lo hizo Presidente, sino que estuvo más que dispuesto a ceder graciosamente el poder presidencial a una opción partidista que se acomodaba mejor a los tiempos del naciente neoliberalismo salvaje, a escala planetaria, y que mejor se acomodaban a su ideología personal.

El arribo de Fox a Los Pinos fue la más grande concertacesión que el priismo le hizo al PAN en el ocaso de la “Dictadura Perfecta“, concepto acuñado por Vargas Llosa para denotar, con su genial instinto literario, el hecho de que el PRI fue capaz, durante 70 años, de lograr la alternancia entre dos corrientes de pensamiento contrarias dentro de sus mismas filas, la nacionalista revolucionaria y la conservadora (neoliberal) que darían sustento sexenal al morboso ritual del destape.

La alternancia que el PRI lograba internamente con una perfección de relojería (de ahí el concepto de “dictadura perfecta“) suponía una disciplina ciega de los militantes, que observaban angustiados la inapelable decisión del gran elector. Al destapado se sumaban con fervor matraquero unos, y discreto los del bando derrotado, por la certeza de que el sexenio siguiente tendrían mayores probabilidades de triunfo.

Así se administraba la “alternancia”. Cuando la población estaba harta de gobernantes fallidos como el genocida Gustavo Díaz Ordaz, por ejemplo, el PRI sacaba de la manga un populista profesional que calmara los ánimos con promesas irrealizables, pero efectivas desde el punto de vista propagandístico. Si Luis Echeverría resultaba un demagogo torpe y depredador, no importaba, porque en la siguiente, la nomenklatura priista tendría oportunidad de ungir a un cuadro más “técnico”, con una sólida formación que “sí supiera cómo hacerlo”.

¿Algún referente en la actualidad?

Las famosísimas “reglas no escritas” que sólo los iniciados en la alta burocracia manejaban con destreza, permitieron una relativa estabilidad política en un país convulsionado por la revolución y sus secuelas de “maximatos”. El golpe a la dictadura perfecta lo asestó sin miramientos Miguel de la Madrid, que renunció a la “sabiduría priista” de permitir el regreso del clan Cárdenas al poder, y precipitó la ruptura del PRI y el surgimiento del FDN, el PRD y finalmente Morena.

“La transición democrática” que se festinaba durante el foxismo como el paso de una alternancia unipartidista, es decir, al interior del propio PRI, a una bipartidista, siguiendo a pie juntillas el estilo norteamericano de democracia, fracasó porque los nacionalistas revolucionarios expulsados del PRI decidieron dejar en claro que no cabían en ese restringido menú y que estarían dispuestos a dar una batalla que, hasta el momento, no han podido coronar, por las buenas o por las malas, con su regreso a Los Pinos.

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