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¿Por qué México no necesita a Superman? (Luisa Lane dixit): Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial Andrés Manuel López Obrador Editorial Elección presidencial Nacional 

¿Por qué México no necesita a Superman? (Luisa Lane dixit): Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

Lo que Andrés Manuel quiso decir

 

Hay una devoción cuasi religiosa por Andrés Manuel López Obrador entre amplios sectores de la población mexicana que ven en él una suerte de superhéroe que los salvará de las garras del neoliberalismo salvaje, el cual ha sentado sus reales en este país desde hace 3 décadas y nos tiene sumidos en la peor de las desgracias posibles: miseria económica terminal, combinada con inseguridad e impunidad absolutas.

Algunos fanáticos irreflexivos de López Obrador se ofenden terriblemente y recetan, desde el cobarde anonimato de las redes sociales, mentadas de madre al por mayor ante la más leve crítica que se formule contra el tabasqueño. Consideran a su héroe como un ser perfecto, inmaculado e incapaz de equivocarse. Grave error. Así el PRI ha fabricado a sus dictadores todopoderosos. Así los endiosa y los pone luego por encima de las instituciones democráticas y del pueblo de México.

Supongo que, en el fondo, López Obrador quiso decir -cuando ofreció analizar la posibilidad de amnistía para los capos-, que considera perdonar a los campesinos y a los jóvenes urbanos que caen en el negocio del sembrado y distribución de drogas porque el sistema neoliberal que los aplasta nos les deja otra alternativa. En un esfuerzo de muy buena voluntad -porque no quiero sumarme a la turba de linchadores profesionales de AMLO– supongo, insisto, que eso quiso decir. Pero cuando veo que él reitera lo que dijo, horas después de su pifia declarativa, entonces me empiezo a preocupar.

Dice Meade, el candidato del neoliberalismo, que se propone combatir la inseguridad, la corrupción y la desigualdad social. Pero tales problemas que efectivamente azotan al pueblo de México como una peste, son inherentes a la filosofía política que profesa el itamita precandidato del PRI y sus satélites. No puede, por tanto, de ninguna manera, combatirlos. Los necesita como los peces el agua.

Es impensable el ejercicio pleno del neoliberalismo salvaje sin los altísimos grados de inseguridad, corrupción y desigualdad social que lo nutren, que lo hacen posible como causa y consecuencia de su siniestro reinado, porque ese estilo de gobierno que nos oprime desde hace varios sexenios, se caracteriza por el saqueo de los recursos públicos, la privatización de los bienes nacionales, la explotación casi esclavista del trabajo humano y todo ello para lograr, precisamente, el objetivo fundamental de ese estilo de gobierno: la concentración de la riqueza nacional en cada vez menos manos.

La inseguridad que los neoliberales dicen combatir es, paradójicamente, necesaria para su ejercicio gubernamental. Es una condición “sine qua non” para que ellos puedan realizar sus labores de saqueo de las finanzas públicas sin que nadie los moleste. Un pueblo que vive (o más bien muere) bajo el estigma del terror, es incapaz de organizarse para desafiar un orden político que lo aplasta, que le roba sus impuestos, que ofrece salarios de hambre y servicios de pésima calidad porque los concesiona a sus amigos. Se trata de una oligarquía que tiene que fingir estar interesada en resolver los problemas que ella misma genera para satisfacer su insaciable sed de poder y de riqueza.

La corrupción, el segundo rubro que Meade dice va a combatir, es un problema identificado por el Presidente Peña, es decir, por su padrino político y destapador, como parte inherente a la raza humana, como un problema de carácter cultural inatacable. Por eso Peña no se ha preocupado por ese asunto y sólo bajo mucha presión, derivada de los descarados saqueos de correligionarios suyos en Veracruz, Quintana Roo, Chihuahua y otras entidades, admitió hacer algo, pero sólo como una simulación más, como lo demuestra el hecho de que todas las instituciones para combatir la corrupción permanecen sin cabeza.

La corrupción es el mecanismo por el cual la oligarquía neoliberal se apropia de la riqueza social. Y no hablo aquí de la corrupción en pequeña escala, la del policía que acepta una mordida que los políticos usan como excusa para convertir a los ciudadanos en chivos expiatorios. No. Hablo de la corrupción a gran escala por medio de la cual se han construido las fortunas más grandes del mundo en un país en el que el 10% de las familias concentran más de la mitad de la riqueza nacional y decenas de millones de mexicanos sobreviven en condiciones de extrema pobreza.

Finalmente, la desigualdad social que Meade promete, ya como precandidato, abatir, es la consecuencia directa del saqueo. Nadie que gobierne para una oligarquía insaciable puede prometer sinceramente que luchará contra la extrema desigualdad social que priva en México, porque esa desigualdad es, justamente, la base sobre la que se sustenta su modelo de país.

Todos los demás candidatos, partidistas e independientes, tienen la misión, consciente o inconsciente, de distraer la atención y robarle votos a Andrés Manuel López Obrador, quien ha mantenido un lucha ejemplar contra el neoliberalismo durante décadas heroicas, pero que a últimas fechas, no parece tener muy claros los conceptos de lo que significa una alternativa que sus enemigos llaman “populismo”. Su peligrosa confusión sobre la amnistía a los criminales es un ejemplo de que quizá ya pasó su tiempo. De que México no necesita a Superman y vamos a tener que organizarnos para exigir a nuestros gobernantes, sean neoliberales o populistas, que cumplan con su obligación de brindarnos seguridad y prosperidad y que dejen de robarse el dinero. Así de simple. ¿No cree usted?

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