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¿Anaya finge, o es realmente ignorante de los acuerdos secretos de su partido con el PRI?: Por Jesús López Segura. La Versión no Oficial Elección presidencial Nacional 

¿Anaya finge, o es realmente ignorante de los acuerdos secretos de su partido con el PRI?: Por Jesús López Segura. La Versión no Oficial

El calderonismo sacrifica, cuando se requiere, preferentemente a sus mujeres

 

La renuncia de La Cocoa Calderón al PAN, donde militó durante 4 décadas, confirma que el Club de Tobi calderonista presenta un marcada tendencia, cuando el caso lo requiere, a sacrificar preferentemente a sus mujeres…

Ricardo Anaya elude una y otra vez el tema de fondo, a saber, la alianza o pacto originalmente “secreto” entre el PRI y el PAN, gestado desde 1988 para instrumentar una alternancia fingida que impidiera el arribo de opciones “populistas” al poder presidencial. Esta alianza se ha mantenido hasta nuestros días y adquiere con los acuerdos entre Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, modalidades y fisonomías capaces de enriquecer cualquier teoría del complot, donde muchos de sus principales protagonista e impulsores ni siquiera son conscientes de su existencia.

Por eso Anaya, tan listo como es, se arriesga en la absurda hipótesis de que es José Antonio Meade -y no Felipe Calderón, en acuerdo con Luis Videgaray– quien instrumenta la asonada para destituirlo, consistente, primero, en la campaña mediática por presunta corrupción de su familia, iniciada por El Universal y seguida con inusitada saña por los medios afines al oficialismo. Luego, las renuncias estratégicas de las calderonas (porque los calderones, es decir, los 5 apestados y don Felipe se quedan en el partido -conforme lo anticipamos-, para proseguir con su rebelión, es decir con su traición al PAN de sus amores). Y, finalmente, la campaña de linchamiento en su contra como “el autócrata gandalla que se erige como juez y parte”.

La alianza prianista se originó de manera más o menos espontánea en el 88 y se ha venido consolidando en la práctica política conforme se perfeccionan los mecanismos para su instrumentación en acuerdos, algunos tácitos y otros explícitos, para que los presidentes emanados de esta organización al margen de la ley -por cuanto le da la vuelta a todos los ordenamientos legales sobre alianzas y coaliciones partidistas- se cuiden mutuamente las espaldas desde el ejercicio de gobiernos “opositores” alternos.

Ricardo Anaya está impedido para reconocer la existencia de este acuerdo que la sabiduría popular define como “el prianismo” porque ello implicaría hacer público que su partido ha apoyado al PRI, en diversas circunstancias históricas, para impedir una alternancia democrática real en la Presidencia de la República y mantener un enfoque neoliberal en gobiernos emanados de este acuerdo durante los últimos 5 sexenios, dando con la puerta electoral en la nariz a cualquier cosa que tuviera el más mínimo rasgo de “populismo“, como llaman ellos, peyorativamente, a la corriente digamos humanista que se preocupa por el bienestar de las mayorías.

El finado Luis H. Álvarez declaró a principios de 2000 a El Financiero, que el PAN tenía pruebas de que Carlos Salinas se había robado la elección del 88, pero que el PAN decidió apoyarlo “porque Cárdenas habría llevado el país al desastre”. Don Luis, venerado por los panistas como un “gran demócrata”, sintió la necesidad de justificarse y se soltó momentáneamente de la lengua. Ése fue el primer acuerdo secreto entre ambos partidos y el origen del concepto de “fraude patriótico”, es decir, el que se perpetra “en beneficio del país”. Todo criminal busca siempre una autojustificación que le calme lo poco que le queda de conciencia.

Así nacieron las primeras concertacesiones, o intercambios de puestos de elección popular, incluidas gubernaturas (la primera fue la de Baja California para Ernesto Ruffo, el mismo que define ahora a Margarita Zavala como la pus de su partido infectado), pero siempre con la mirada puesta en un objetivo fundamental: lograr la consolidación de largo alcance del modelo neoliberal que comparten ambos partidos desde la época de Miguel de la Madrid, lo que implica impedir por todos los medios, legales o ilegales, que lleguen opciones “populistas” al poder presidencial.

El odio visceral de los políticos neoliberales a todo lo que suene a populismo se origina desde la más arraigada y fuerte motivación de enriquecerse en el ejercicio del poder y “salvar” a sus familias de la debacle global -económica y ecológica- que ellos mismos están propiciando con su voracidad sin límites.

Los gérmenes del neoliberalismo salvaje -que en la actualidad domina la política y la economía globalizadas, generando una hiperconcentración de la riqueza en cada vez menos manos, a la par de una depauperación masiva de miles de millones de seres humanos-, existían desde las obsesiones por el industrialismo que encarna como modelo típico ideal (en el sentido weberiano) Miguel Alemán, opuesto en los 70 años de dominación hegemónica del PRI al otro modelo, el cardenista, el del “nacionalismo revolucionario” puesto en juego dentro de una alternancia interna, es decir, intrapartidista que dio origen al concepto de la “dictadura perfecta” priista acuñado por Vargas Llosa.

Calderón y Peña llevaron este acuerdo al extremo de obsequiarse votos para vencer a López Obrador en las sucesivas elecciones presidenciales del 2006 y 2012, como lo revela el libro El Amasiato, de Álvaro Delgado, sacrificando a Josefina Vázquez Mota tanto en la presidencial como en la reciente del Estado de México. Obvio que Josefina podría estar cobrando con creces su “sacrificio político”, igual que el resto de las calderonas.

El truco de la alternancia fingida (o “inducida” como dice Julio Hernández López) no radica en que operen en lo obscurito en perfecto acuerdo. Quien imagine que las decisiones de lo que López Obrador llama “la mafia del poder” se gestan siempre en sórdidas reuniones en hoteles como la descrita por Delgado en El Amasiato, desconoce la dinámica dialéctica de todo fenómeno social y, por tanto, político.

Peña y Calderón forcejean y tratan de imponerse sobre el otro, pero al final acuerdan “por el bien superior de la nación”, conforme a los llamados “patrióticos” de su conciencia.

¡Claro que el PRI quiere mantenerse en el poder presidencial, incluso ahora que su desprestigio llega a niveles históricos prácticamente insuperables! pero las circunstancias lo obligarán -conforme anticipamos aquí desde hace meses-, a ceder el poder a un prianista de cepa híbrida, sacrificando al delfín de linaje peñista Aurelio Nuño.

El PRI prefiere -y en ello le va la libertad- que en el caso ampliamente probable de ser derrotado, el triunfador sea un candidato prianista a modo para que le guarde las espaldas a las huestes de un peñismo marcado con un grado tal de corrupción que hacen aparecer las trapacerías de su padre fundador, Carlos Hank González, como un juegos de párvulos y sus dichos sobre que “un político pobre es un pobre político” como una frase inocua de la madre Teresa de Calcuta.

Enrique Peña ha protegido al genocida Calderón, y hasta tuvo el desatino increíble de seguir su misma contraproducente política de seguridad pública, la cual ha originado que en los últimos diez años México pase de 6 organizaciones criminales, a más de 400, con una dantesca diversificación del menú delictivo en perjuicio de una sociedad inerme, violentada hasta la ignominia, según el estudio presentado ayer por Mexicanos Unidos contra la Corrupción y la Impunidad.

Peña no le va a ceder el poder a los azules -como les dicen los tricolores a sus socios inconfesables- como Zedillo se lo obsequió, en bandeja de plata, a Vicente Fox, asqueado como estaba por lo que supo sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Peña sabe -o debería saber- que su partido no tiene ninguna posibilidad de ganar el año próximo con un candidato neoliberal de cepa pura “peñista” como el impresentable Nuño.

Por eso necesita destruir al Chico Maravilla, Ricardo Anaya, quien aparenta no estar al tanto de los acuerdos secretos de sus mayores y tomarse muy en serio lo de sacar al PRI de la Presidencia y obligarlo a rendir cuentas. Anaya, que no tiene -ahora sí que textualmente- un pelo de tonto, se hace de la vista gorda ¿o de plano de veras ignora? la existencia de esos acuerdos para proseguir otro sexenio con las recetas del neoliberalismo, es decir, con las “reformas estructurales”.

En ese sentido Anaya sí sería responsable de la debacle del panismo, porque su tenacidad en mantener al blanquiazul como una opción real de triunfo democrático, independiente y crítica respecto del PRI, se contrapone al plan que Videgaray parece entender muy bien al postular a José Antonio Meade como candidato híbrido del prianismo.

Anaya es, efectivamente, el enemigo a vencer del calderonismo asociado con el priismo neoliberal y a menos que don Ricardo tenga en mente para su Frente Amplio Democrático proponer alternativas reales para acabar con el genocidio administrado en los dos últimos sexenios contra el pueblo de México, calculado con una perversidad infame para mantener a la población aterrorizada, es decir, inmovilizada ante el saqueo, seguirá siendo parte del mismo juego perverso del partido al que tanto dice defender.

En lo personal, no creo que los nacionalistas revolucionarios anden con la verdad absoluta. En ciertos momentos es bueno que personas avezadas en la creación de empleos y en la productividad empresarial dentro de una economía global se hagan cargo de las líneas fundamentales de gobierno.

En otros momentos históricos, hace falta que los gobiernos construyan instituciones fuertes que realmente doten de los beneficios básicos a la población en rubros como el de la salud y la educación, y dejen de pensar en la productividad a raja tabla.

Ésa es la virtud principal de la democracia. El pueblo que vota libremente, sin el estigma ensordecedor de la propaganda política en democracias de mercado como la nuestra, sabe cuándo conviene a sus intereses dar oportunidad a una, u otra corriente. Tanto daño hace a los pueblos una dictadura populista como la que aplasta actualmente a Venezuela, como una dictadura neoliberal como la que aflige a México desde hace más de 30 años.

No se vale pervertir la democracia con “acuerdos” electoreros al margen de las leyes fundamentales de ningún país, para perpetuar en el poder a la corriente dominante en turno. ¿No cree usted?

 

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