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Arrancan los juegos del hambre por la Ciudad de México. La Versión no Oficial: Por Jesús López Segura CDMX Editorial Elecciones Nacional 

Arrancan los juegos del hambre por la Ciudad de México. La Versión no Oficial: Por Jesús López Segura

Enrique Ochoa Reza, un demagogo profesional

 

Organiza Ciro Gómez en “Por la Mañana“, de Telefórmula, una suerte de debate entre aspirantes morenistas a gobernar la Ciudad de México que resulta francamente light, en extremo civilizado. Martí Batres, Claudia Sheinbaum y Ricardo Monreal se ven demasiado respetuosos entre sí, incluso ante los regaños y recriminaciones del decepcionado conductor que seguramente esperaba ver sangre. Humberto Padgett comenta que, por debajo de la mesa, se estuvieron dando patadas, aunque por encima eran todo sonrisas y amabilidad. Que Andrés Manuel López Obrador “inclinará su dedito” en estos “juegos del hambre por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México” hacia el que garantice no las mejores propuestas para la Ciudad, sino más votos para su causa presidencial, quien probablemente será Monreal, dice, “porque se sienta igual con panista y priistas, que con perredistas”.

Ciro tuvo que dar explicaciones ante las recriminaciones de sus seguidores por llevar a los distinguidos aspirantes de Morena y no así a los de otros partidos. Se ve que sus jefes le jalaron las orejas. Pero él replica que no hay precandidatos visibles, por el momento, ni del PAN ni del PRI.

A propósito del PRI, su dirigente nacional, Enrique Ochoa, se comunicó ayer por teléfono para negar que él haya llevado un mensaje en Los Pinos al presidente Peña, de parte de Ricardo Anaya, en donde el panista pedía que le entregaran Coahuila a cambio del silencio del PAN en el Edomex, revela hoy en su “Serpientes y Escaleras” Salvador García Soto.

El lunes consignó el dato anterior y la presunta respuesta de Peña: “Que se vaya a la chingada, no tenemos por qué negociar nada”, habría exclamado el Presidente luego de conocer datos sobre una presunta ventaja irreversible de Alfredo del Mazo.

“Sí estuve en Los Pinos el domingo 4 de junio por la noche, sí vi al Presidente en la reunión donde se revisaban resultados, pero nunca recibí una propuesta así de Anaya, ni la hubiera aceptado. De existir, la hubiera rechazado. (o sea que lo hubiera mandado a la chingada). Por eso he defendido y defenderé el triunfo de Riquelme”, afirma Ochoa. Pero las fuentes que estuvieron en esa reunión, aquella noche de elecciones -insiste el destacado columnista de El Universal-, sostienen que sí lo escucharon transmitir el mensaje panista. En fin, ahí las dos versiones…

Ochoa Reza tiene muy poca credibilidad. Es un tecnócrata vulgar. Demagogo profesional, llegó al PRI hablando de combatir la corrupción pero con la enorme cauda de su ilegal gratificación en la CFE.

De acuerdo con documentos oficiales, el líder priista obtuvo un millón 200 mil pesos, monto que fue justificado por el área jurídica de la CFE como el correspondiente, según el reglamento que rige las relaciones laborales de los altos mandos de esta empresa. Se trata, según explicaron, de un procedimiento “legal”. Sin embargo, expertos en derecho laboral que revisaron los mismos documentos coincidieron en que se trató de “un pago indebido” porque obtuvo beneficios económicos como si hubiera sido despedido y, al tratarse de una renuncia, el monto debía ser menor. Recordaron que, en México, un trabajador que renuncia no obtiene ninguna liquidación, ni logra un año de salario por una antigüedad de dos años y cinco meses, como tuvo Ochoa“.

El PRI cayó en manos de los “tecnócratas” desde que Miguel de la Madrid -el fundador de la “dictadura neoliberal”, prácticamente echó del partido a Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y a otros distinguidos “nacionalistas revolucionarios” que fundaron el Frente Democrático Nacional y luego el PRD.

Desde sus orígenes como Estado-Nación, México se ha debatido entre dos corrientes genéricas dominantes que aspiran a conducir el destino del país y que, esquemáticamente, pueden identificarse como los nacionalistas criollos y mestizos, contra los peninsulares, abiertos estos últimos a la cesión de soberanía en favor de la modernidad encarnada en el extranjero. Esa misma división se advierte en la época de la Reforma con los liberales y los conservadores, unos empecinados en consolidar la soberanía nacional y los otros deseosos promotores de la llegada al país de un emperador extranjero que traiga consigo los beneficios del progreso transnacional.

En nuestros días, esas mismas expresiones se dan en términos de un neoliberalismo salvaje, inspirado en la tecnocracia global, encabezado por mexicanos preparados en escuelas extranjeras, principalmente economistas egresados de universidades gringas, admiradores de la globalización, en disputa permanente con los políticos tradicionales que dicen preocuparse por el bienestar del pueblo, de las mayorías, inspirados en principios de justicia social que le dieron viabilidad a muchos gobiernos a los que el bando contrario señala hoy como “populistas”.

Si esquemáticamente, sólo para fines de análisis, establecemos una caracterización arbitraria -siguiendo la metodología de los “tipos ideales de Weber“- para identificar en la actualidad esas dos corrientes esbozadas, en términos de “tecnócratas” y “populistas”, ambos utilizados con una gran carga peyorativa por cada bando, para referirse al contrario, podríamos establecer una hipótesis de trabajo en el sentido de que México ha sido dominado políticamente durante 3 décadas por los tecnócratas, mediante fraudes electorales y un dominio absoluto de los medios de comunicación, para dejar en el camino a los adversarios políticos históricos a los que ellos llaman con desprecio “populistas“, pero que quien esto escribe identificaría como “humanistas“.

El concepto de humanismo contra tecnocracia se funda desde la división del conocimiento en la educación media y superior: La pugna eterna de los tecnócratas por establecer opciones terminales en el bachillerato y eliminar carreras de tipo humanístico en universidades y politécnicos, es un reflejo fundacional de la lucha política entre tecnócratas y humanistas.

El tecnócrata está convencido de que la solución a los males de la humanidad se ubica en el desarrollo pleno de la ciencia y la tecnología, puesta al servicio del bienestar social. Por eso se deslumbran con los grandes avances científicos y tecnológicos de los países centrales, donde se destinan grandes proporciones del producto interno bruto a la investigación. Supeditan, posponen en forma indefinida la urgencia de igualar las condiciones de ingreso de las masas de trabajadores, justificando las ganancias exorbitantes de los patrones, en aras de priorizar lo que ellos llaman “la inversión”. Se ciegan ante la miseria absoluta de millones de seres humanos y prefieren la hiperconcentración de la riqueza en una cuantas familias, suponiendo erróneamente que esos capitales serán puestos al servicio de la “evolución de las fuerzas productivas” como dirían los marxistas.

Por el contrario, los “humanistas” -así prefiero identificar, por su evidente proclividad a priorizar el bienestar humano por sobre el avance tecnológico, a los que sus adversarios llaman peyorativamente “populistas“, – tienen el defecto, por lo regular, de menospreciar el avance técnico y ver con desconfianza a quienes lo impulsan, cayendo a menudo en el planteamiento de soluciones fáciles a problemas sociales complejos, y desperdiciando cuantiosos recursos públicos, a la hora de gobernar, en programas que a la larga resultan contraproducentes.

Un híbrido típico del populismo tecnocrático era Luis Echeverría, por ejemplo, quien desarrolló a través del Instituto Mexicano del Seguro Social un programa para “beneficiar” a las familias de los cortadores de caña en los ingenios azucareros donde eran víctimas -y siguen siéndolo hasta la fecha- de una explotación cruel por parte de los dueños de los ingenios, incluido el propio Estado mexicano.

El programa de Echeverría no era ni populista clásico, ni tecnocrático puro, “sino todo lo contrario”. Incluía alfabetización y enseñanza de oficios, como “corte y confección”- a las esposas e hijos de los cortadores en estados como Morelos y Veracruz. El gobierno invirtió mucho dinero en pagar a capacitadores y comprar cantidades industriales de máquinas de coser que invariablemente terminaron abandonadas como chatarra. Hubiera sido mucho más barato y rentable simplemente subir el precio del jornal por tonelada de caña cortada, pero el rasgo de populismo irracional típico del echeverriato -que le hacía concebir engendros como ese programa- chocaba abiertamente con la vocación tecnocrática del mandatario, que le impedía pensar siquiera en aumentar significativamente el salario mínimo de nadie.

Prefieren gastar mil veces más en desarrollar programas asistencialistas que sólo benefician a los burócratas que los operan, que instrumentar programas permanentes de empleo bien pagado.

La disyuntiva en este sentido -que se dirime hoy con absoluta claridad en Venezuela, por ejemplo-, radica en el respeto irrestricto a las normas de la democracia, es decir, que el pueblo decida cuándo dar oportunidad a los “populistas” y cuándo a los “tecnócratas“, alternativamente, para ir regulando con sabiduría los beneficios que cada corriente puede acarrear a los pueblos.

Pero Maduro hace malabares para quedarse en el poder demasiado tiempo, desgastando las eventuales ventajas que su estilo pudiera haber acarreado a los venezolanos, por encima de la voluntad mayoritaria, llevando irremediablemente a su país al desastre.

Desgraciadamente pocos periodistas mexicanos se atreven a decir que lo mismo han estado haciendo aquí los tecnócratas desde hace 30 años, con estrategias antidemocráticas basadas en el robo descarado de elecciones presidenciales, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la alternancia fingida entre dos partidos (a los que últimamente se suma lo queda del PRD) igualmente tecnocráticos o neoliberales. Tanto tiempo aferrados al poder, sin dar oportunidad de gobierno al humanismo de López Obrador, por ejemplo, ha originado una tiranía neoliberal que lleva como consecuencias, trágicas para los mexicanos, el saqueo de las finanzas públicas a extremos nunca antes vistos en la historia nacional y la prosperidad de bandas de criminales organizados entre sí y con el gobierno corrupto, con el consecuente genocidio que azota al pueblo de México.

La paradoja de estos tecnócratas que roban descaradamente elecciones y el erario público, es que se atreven a dar lecciones de “democracia” a países extranjeros. Ni la burla perdonan.

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