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Legalícenla: Marcel Sanromà

Legalizar la mariguana arrebata al narco un sector de sus negocios y repercute en mayores ingresos en impuestos para el Estado

 

A finales de esta semana pasada, Uruguay empezó a vender mariguana en farmacias, a clientes que se registraron previamente para poder comprarla. Es un hito histórico, puesto que el pequeño país latinoamericano se convirtió así en el primero en el mundo que no sólo permite la venta de mariguana recreativa de forma totalmente legal, sino que además, la produce el propio Estado, que a su vez la distribuye a las farmacias.

La calidad de la yerba es buena, no sólo porque su producción regulada garantiza la limpieza del proceso, sino porque el Estado asegura una presencia de Tetrahidrocannabinol (THC) en línea con la media del mercado negro tradicional (aunque algunos consumidores ya se han quejado de que la mota del gobierno no pega).

Uruguay se ha convertido en ejemplo para el mundo, normalizando completamente el consumo de una droga que múltiples análisis, además de la experiencia de cualquier ser humano un poco vivido y grupos de amigos suficientemente diferentes entre sí, demuestran que es social y físicamente muy poco problemática.

No por gastado deja de ser perfectamente válido el argumento de que el alcohol y el tabaco, drogas legales y socialmente aceptadas por la sociedad, son infinitamente más peligrosos que la mariguana.

Si hacemos caso al artículo publicado en la prestigiosa revista The Lancet en 2009 por el profesor David Nutt, el alcohol es la peor droga de todas, combinando el daño que provoca al consumidor y el daño que provoca a las personas que le rodean. Con este mismo criterio, siguen la heroína y el crack, mientras que el tabaco aparece sexto en la lista, siguiendo y calcando los resultados de la cocaína. El cannabis es octavo, con unos daños significativamente menores.

Otros rankings valoran una combinación de daño físico, daño psicológico (dependencia) y daño social. Generalmente, estos concluyen que la peor droga, y por mucho, es la heroína, a menudo seguida por la cocaína, el crack, la metanfetamina o la metadona.

Un artículo publicado por el mismo ­Nutt dos años antes en la misma revista situaba la dependencia que genera el THC levemente por encima de la nicotina, pero marcaba unos daños físicos y, sobre todo, sociales, mucho menores. De hecho, el análisis sitúa el daño social del tabaco prácticamente al nivel del de la cocaína.

Uno de los argumentos clásicos contra la droga es recordar aquellos casos que todos conocemos de un modo u otro, el del chico de la clase que llegaba al aula pacheco, colocado, fumado, hasta arriba, con los ojos rojos y suspendía todo. Alarma total. Se acusa a la mariguana de truncar el progreso educativo y cognitivo de los adolescentes que la consumen.

La realidad es que, en primer lugar, un adolescente con problemas de consumo de mariguana no es en absoluto un futuro adulto echado a perder, porque, de nuevo, el daño físico ocasionado por el THC es prácticamente nulo salvo en casos de abusos muy prolongados.

En segundo lugar, los peligros de cualquier droga van directamente asociados al abuso de la misma, por lo que jamás estará en el mismo nivel de riesgo un consumidor ocasional que un consumidor duro, sea de la droga que sea: Del mismo modo que cuatro cervezas el viernes en la noche no te van a provocar cirrosis, fumar un porro para, o comer una galleta con cannabis, para aliviar el estrés del trabajo no te va a dejar tonto.

Si bien drogas como los opiáceos y la heroína son capaces de convertir, como ocurre cada vez más en Estados Unidos, a alguien con dolor de espalda en un adicto, en general, la droga no hace al adicto. Las adicciones esconden muy a menudo problemas mayores. El joven de 14 años que fuma mota todo el día probablemente vea y tenga problemas en casa, del mismo modo que el alcohólico acostumbra a crearse a partir de situaciones extremas en su vida personal, como una ruptura traumática, un despido, o la pérdida de la vivienda.

Debemos tratar a las personas adictas y analizar las causas de su adicción, y dejar de criminalizar a la droga de turno, que acostumbra a ser una mera válvula de escape que usa el adicto para huir de sus problemas o aflicciones.

Una mariguana legal deja, además, otros beneficios muy notables: Arrebata al narco un sector de su negocio, repercute en mayores ingresos en impuestos para el Estado, garantiza la calidad del producto consumido (sea con una producción estatal, como en Uruguay, o privada) y amplía al acceso a una información veraz que permita al público general entender las características, efectos, riesgos y falacias sobre la droga. ­Legalícenla.

 

Crónica.- http://www.cronica.com.mx/notas/2017/1035098.html

 

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