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Peña combate a asesinos de periodistas con discursos / LA VERSIÓN NO OFICIAL: Por Jesús López Segura Derechos Humanos Nacional Seguridad 

Peña combate a asesinos de periodistas con discursos / LA VERSIÓN NO OFICIAL: Por Jesús López Segura

Tres tipos de prensa. Tres. Plata para unos y plomo para otros

 

Ahora que la muerte del gran periodista Javier Valdez Cárdenas ha puesto de moda el tema de la “protección al gremio periodístico“, podría ser momento oportuno de hablar con claridad. Y hacerlo pronto y sin pelos en la lengua, porque la moda será, como cuando mataron a Miroslava Breach, dolorosamente pasajera, descaradamente efímera.

Hay, a mi modesto entender, tres clases de periodistas en México: En primer lugar, los comunicadores que trabajan para los medios hegemónicos, principalmente televisivos y radiofónicos. Periódicos y revistas aliadas al poder tienen una dinámica distinta, pero igualmente cortesana y constructora de la visión del mundo que conviene al poder en turno.

Son los periodistas exitosos. Famosos y adinerados, protegidos por el Estado al que sirven. Intocables. Estos comunicadores orgánicos del sistema se enfrentan cotidianamente al reto de plantear escenarios alternos, pero matizados con los intereses de quienes los patrocinan. Apaciguan su conciencia tratando de filtrar verdades a medias. Son profesionales del malabarismo informativo. No pueden rendir por completo la línea editorial -aunque muchos de ellos estarían más que dispuestos a hacerlo- porque perderían audiencia, en perjuicio del negociazo de sus jefes, los propietarios de las concesiones, y de sus amos, los burócratas que los gratifican generosamente por debajo del agua.

Los dueños de las concesiones y de los medios son multimillonarios. Son los Azcárraga y los Salinas, son los Vázquez Raña. Sus empleados son los “periodistas” consentidos del régimen. Y como en todo sistema de corte autoritario, se ubican en un despiadado organigrama de estratificación laboral. Están los directivos y los conductores que salen a cuadro, a menudo coincidiendo en una misma persona. Más abajo, los reporteros que también salen a cuadro. Finalmente, los redactores -que reportan desde la obscuridad del anonimato- y los editores, a los que prácticamente nadie conoce, pero matizan la información con el arte del montaje cotidiano, a menudo rutinario, pero en ocasiones muy creativo y contundente.

Muchos nos formamos en las televisoras estatales. En mi caso, muy tardíamente, porque pasé de la investigación educativa a la producción de noticias y al análisis de medios en Canal Once. De ahí a Imevisión y a Televisión Mexiquense. En todos los casos trataba de hacer a un lado el oficialismo informativo vulgar que imponían los jefes, filtrando datos disfuncionales para el sistema. No estoy aquí hablando de “la verdad objetiva”, porque cada quien tiene la suya en el pantano epistemológico de las mal llamadas “ciencias de la Comunicación“. Estoy hablando de información funcional o disfuncional desde el punto de vista de los intereses del sistema político en el que se incrusta un “servicio informativo”.

Es la cuerda floja en la que te despiden, o te consagras como un informador exitoso. En esa cuerda se mueven comunicadores del estilo de Azucena Uresti, que hace esfuerzos notables por anteponer su dignidad como comunicadora y como ser humano, ante las evidentes presiones de un tipo brutalmente autoritario y cortesano como Carlos Marín.

Un caso excepcional es el de Julio Hernández López, el analista político más exitoso de nuestro tiempo, que ha logrado, a base de puro talento, abrir espacios -desde un medio alternativo como La Jornada-, en medios televisivos hegemónicos para hacerle toda suerte de travesuras al poder, extendiendo sus audiencias por el tiempo en que se deja usar como instrumento legitimador de periodistas y medios hegemónicos ansiosos por recuperar o acumular prestigio.

También hay malabaristas informativos que se han vuelto tan cínicos con el tiempo que aparentan rifársela pero sólo para cotizarse mejor entre los poderosos, sin importarles el repudio generalizado de la audiencia. Tal es el caso de Ciro Gómez Leyva, entre otros.

Esta mañana, por ejemplo, Ciro tuvo a Roberto Campa en su estudios de Telefórmula y le decía que los periodistas no queremos protección, como si alguien lo hubiese nombrado representante del gremio ante el poder.
Por su parte, Carlos Loret de Mola sentó en la mesa de su presunto “análisis” a Ana Ruelas, de Artículo 19, excepcional investigadora en el tema de las agresiones contra periodistas, para dar su opinión sobre la puesta en escena de ayer en Los Pinos, cuando un grupo de periodistas gráficos se salió del guión establecido por el Presidente Peña Nieto.

Ana puso el dedo en la llaga. Dijo que más que discursos, presentados en el ocaso de una administración que habría tenido que plantear este tipo de “planes” desde el primer crimen contra periodistas suscitado en su sexenio, sobre todo con los escandalosos números del anterior, lo que se esperaba era un informe detallado de avances en investigaciones concretas, única forma de hacer creíble que se pretende, realmente, ir más allá de una retórica recurrente y acabar con la impunidad.

Y la valiente analista añade: “Creo que falta el reconocimiento del Estado de que es el propio Estado quien comete las agresiones… Se tiene que investigar el propio Estado a sí mismo, para entonces hablar de verdadera rendición de cuentas… Porque si no vas a estar investigando fuera del hoyo, como se dice. Necesitas, efectivamente, reconocer eso para que entonces inicies investigaciones contra tu propio cuerpo policíaco, contra tu propia gente…”

Cualquier periodista independiente habría advertido de inmediato la nota. Habría puesto un alto ante tales afirmaciones para hurgar a fondo. Es el Estado mexicano el autor intelectual y a veces material de los crímenes contra periodistas. Luego entonces no puede esperarse que ese Estado se investigue a sí mismo. Tienen que ser organismos internacionales los que vengan a poner las cosas en claro. La impunidad, que raya en el 100%, se explica precisamente por el hecho espeluznante de que es el propio Estado mexicano el que está matando a sus periodistas.

Pero Loret cambió rápidamente de tema. Y cuando terminó la entrevista se lanzó a dar su nota del día: la forma en que los hauchicoleros roban el combustible de Pemex. Dedicó mucho tiempo y esfuerzo a describir las imágenes obtenidas con drones. Eso es lo que le entusiasma como periodista. Y eso es lo que la audiencia guardará en su memoria. Misión cumplida. Nadie puede acusar a Carlos Loret de evadir la verdad sobre los crímenes contra periodistas. Se lavó apropiadamente las manos.

Es importante destacar que esta prensa hegemónica es funcional respecto de las convicciones gubernamentales y por lo tanto jamás va a señalar al Estado como el autor intelectual, consciente o inconsciente, de la masacre contra periodistas que tiene al país en la mira de todos los organismos internacionales de Derechos Humanos.

En segundo lugar, hay otra prensa en México caracterizada por extorsionar a los políticos. Le sacan trapitos al sol a sus víctimas -muchas veces inventados- con el único propósito de obtener dinero. Ponen alteros de periodicuchos en las antesalas de las oficinas a las que planean extorsionar con “golpes” contra el titular, y esperan que los amedrentados jefes de prensa los llamen para llegar a un “arreglo”. A un “convenio de publicidad” basado no en la audiencia del medio en cuestión, es decir, en su potencial publicitario, sino en su capacidad de daño al prestigio de su víctima.

Muchas instituciones como Universidades y ayuntamientos son extorsionados por esta suerte de crimen organizado de la comunicación. Y no piden poco. Muchos propietarios de esos periodicuchos son millonarios, pero no pueden compararse con los cárteles de la comunicación hegemónica, que cuentan entre sus propietarios a los magnates más ricos de México.

Un tercer rubro lo constituye la prensa disfuncional. Está conformada por algunos comunicadores profesionales que se mantienen heroicamente en los medios hegemónicos, o que finalmente son despedidos y fundan su propios canales, característicos de la era digital. Son los líderes de opinión de los medios hegemónicos y constituyen una auténtica piedra en el zapato del sistema. Despedirlos resultaría muy costoso desde el punto de vista del prestigio del medio al que pertenecen, prestigio que, por cierto, ellos construyeron con su capacidad y valentía, muchas veces a pesar de los propios compañeros, jefes y propietarios. Están en la mira permanentemente y el Estado autoritario fragua la forma de deshacerse de ellos. Es el caso típico de Carmen Aristegui y Brozo.

Pero detrás de estos personajes famosos, hay huestes de comunicadores amateurs que se inscriben en el maravilloso e incontrolado campo de las redes sociales, los portales de Internet y los canales de Youtube, principalmente. En la era digital, cualquier ciudadano es un reportero en potencia. Con su celular puede grabar escenas que difícilmente captarían los profesionales de los medios hegemónicos que no tienen, como la población en su conjunto, o como Dios mismo, el don de la ubicuidad.

Pero no sólo existe la capacidad de captar en imagen cualquier cosa que ocurra en los más recónditos escenarios del acontecer cotidiano, gracias a la revolución digital que en México apenas empieza a cobrar la relevancia de otros países, sino también la posibilidad de subir esas imágenes en plataformas que pueden alcanzar, en cuestión de minutos, millones de vistas, superando con mucho la capacidad de medios cada vez más obsoletos, precisamente por su estructura autoritaria, como son la televisión y la radio, que van convirtiéndose, poco a poco, en simples cajas de resonancia editada, castrada, de los medios digitales.

El Estado no puede controlar mediante el chayo a este ejército de comunicadores. Está siendo balconeado cotidianamente en su mentiras flagrantes, como cuando una cámara capta el asesinato sumario de un presunto delincuente a manos de un grupo de soldados, lo que echa por tierra su campaña de desprestigio contra el enemigo político número uno del régimen, Andrés Manuel López Obrador, quien ha estado denunciando precisamente eso, que el Gobierno de Peña Nieto usa a los militares para masacrar gente.

Lo mismo le pasó a Eruviel Ávila cuando festinaba la matanza de Tlatlaya y vinieron AP y Squire a ponerlo en su sitio, como un encubridor de ejecuciones sumarias en el territorio que gobierna.

Los burócratas han aprehendido, como resultado de la revolución digital, a endurecer la piel. Son cada vez más insensibles ante la crítica. Se regocijan al confeccionar listas negras de comunicadores incómodos, para privarlos del ingreso legítimo de la publicidad oficial. Acto seguido, se habla mal de ellos en reuniones de los encargados de los diversos organismos oficiales de comunicación social, creando una atmósfera tan hostil, que llega a constituirse en un terreno fértil para el asesinato.

Algunas amenazas contra medios críticos provienen de “periodistas” ansiosos por quedar bien con el gobernante en turno, chayoteros consuetudinarios, a menudo desempleados que ven con envidia el éxito de medios críticos alternativos, porque la misma existencia de esos medios implica que se equivocaron al rendirse ante un poder cada vez más inmoral.

Por otro lado, hay antiguos periodistas que se pasan del otro lado del escritorio. Es el caso de Marco Antonio Garza, quien de reportero con vocación crítica pasó, por nuestra recomendación, a director de TV Mexiquense, pero terminó ahora en el muy triste papel de guardaespaldas del Presidente Peña. Caso similar es el de Raúl Vargas Herrera, quien desde la oficina de Comunicación Social de Eruviel Ávila se dedicó a perseguir y asfixiar económicamente a sus antiguos camaradas periodistas.

Muy lejos de garantizar en los hechos la viabilidad de la libertad de expresión, como sería su más elemental obligación, el Estado mexicano ha reaccionado ante la explosión de las redes sociales creando atmósfera propicias para el asesinato masivo de periodistas, hecho abominable que premia, que impulsa con la absoluta impunidad. Matar un periodista es muy barato, porque existe la garantía total, al cien por ciento, de que no se va a investigar. Las probabilidades de que atrapen al autor material del asesinato de un periodista en México han sido mínimas durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, pero inexistentes en el caso del autor intelectual.

Plata para los medios hegemónicos y plomo para los comunicadores disfuncionales. Así de simple.

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